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En Sevilla los barrios (pobres) sufren constantes cortes de electricidad. En Francia han parado centrales nucleares porque los ríos tienen poca agua y demasiado caliente para enfriarlas. El Gobierno español limita la temperatura en negocios y administraciones, lo que no deja de ser un racionamiento, uno de los muchos que vendrán. Quienes siguen estos mis artículos saben que acostumbro avisar de los riesgos que el cambio climático, el agotamiento de recursos y la pérdida de biodiversidad significan para la vida y el confort en el planeta. Hace poco, cierto diario nacional, de gran tirada y que pasa por ser el órgano oficioso de la socialdemocracia española, se ha permitido, a través de un artículo de Clemente Álvarez, coordinador de su sección de clima y medio ambiente, establecer la existencia de un supuesto debate entre ambientalistas «colapsistas» (es decir, «catastrofistas») y otros que serían más razonables («todo se arreglará»).

Los argumentos de éstos son los de siempre: que la tecnología nos salvará, que avisar del peligro desmoviliza a las pobrecitas masas asustadizas e incluso que abre la puerta al ecofascismo (y que el discurso del colapso no da votos, añado yo). Pero el propio autor se delata: de entre los «ambientalistas razonables» recurre a dos políticos; de entre los colapsistas, todos los citados son científicos. No se trata de ser más o menos radical, se trata de hacer los números correctos y dejarse de ilusiones. La física y las matemáticas no engañan, las fantasías e ilusiones sí. Los hechos están ahí. No, no hay ningún debate entre «catastrofistas» y «sensatos».

Hay, por un lado, científicos frente a políticos, y por otro, anticapitalistas versus procapitalistas. Los segundos quieren convencernos de los improbables resultados de la actual transición ecológica, Green New Deal, crecimiento sostenible, capitalismo verde y otras quimeras, y que todo irá igual o mejor. Los primeros denuncian la insostenibilidad del capitalismo con los puñeteros datos, sin que nadie los haya realmente refutado con otros datos, sino con deseos y aspiraciones. Elijan ustedes. Un colapso de la sociedad no es inevitable y nadie lo desea, hay margen de acción, pero lo será si, precisamente, no se escuchan o se descalifican las advertencias. Puro principio de precaución.