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El viernes a primera hora –después es imposible– decidí salir de casa a pasear. Antes de casarme, adoraba patear la ciudad sin rumbo cierto, acabar en barrios nunca antes visitados por mí. Cada calle nueva era como un viaje a un país desconocido, la insinuación de una historia que, con su voz secreta, reclamaba ser contada.

Y esto no solo lo produce la novedad. Las calles conocidas también son fuente de inspiración. Siempre hay detalles en los que antes no te habías fijado, una luz nueva, alguien que sale con prisa de un portal, una anciana con la mirada fija en un mueble desvencijado junto a un contenedor de basura. En fin, ya siendo muy joven descubrí que los tesoros residen en nuestra manera de mirar el mundo. No hacen faltan grandes viajes para dar con esos tesoros tras los que andan siempre los escritores; un paseo de una hora es más que suficiente.

Como dijo un autor austriaco de cierto prestigio: «Lo eterno, en el decurso diario, es siempre lo más insignificante«. Y a eso salimos a las calles. Buscamos lo eterno camuflado en lo insignificante, una ventana en la que imaginarnos otros, el gesto humano, la luz que lo envuelve, todo eso que rápidamente se sumirá en el olvido. Pero no importa.