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El verano, época en la que nos quejamos más que nunca y de casi todo, exige y requiere una mayor dosis de poesía. Considero una buena noticia que uno de los autores que mejor ha novelado Palma, José Carlos Llop, nos ofrezca un Mediterráneos: Poesía 2001-2021. Difícilmente alguien pondrá en duda que estamos ante uno de nuestros mejores autores contemporáneos, ignorado por ser mallorquín y por pasear por Ciutat como cualquiera de nosotros. El domingo pasado y gracias al jurista-artista Diego Ríos (@LaMalagaModerna) me llegaron unos versos que me dejaron durante un buen rato suspendido en ellos: «El día de la muerte de mi padre el sol de la mañana/ inundó la habitación y el tiempo empezó a trabajar,/ meticuloso, como una araña cuyo veneno es el olvido». El tiempo, o la supervivencia, nos abocan al olvido con el fin de que el pasado no pueda ser tan doloroso.

Ajeno al asunto familiar –seguramente ni el autor, ni yo, ni la mayoría de ustedes olvidaremos a nuestros progenitores ausentes– empecé a reflexionar sobre el olvido de la COVID que tanta virulencia tiene estos días y que miramos con el mayor de los desprecios. El tiempo nos ha hecho olvidar el confinamiento y todos aquellos que murieron absolutamente solos. Época en la que ocurrió algo inédito, se nos prohibió acompañar en su último suspiro a aquellos que, probablemente, más queramos. El veneno que siempre se ha inoculado en nuestras venas y memoria es ahora más fuerte e incomprensible que nunca y me pregunto qué efectos puede tener esa nueva pauta en nuestras vidas y en la concepción social que otorgamos a nuestra existencia. La poesía nos acompaña y tiene la fundamental misión de hacernos sentir y reflexionar. Un ejercicio que es absolutamente imprescindible y al que pienso entregarme durante estas semanas de calor. El autor, desde la memoria y la nostalgia, nos ha trasladado a otros momentos y a otros lugares y, sobre todo, ha conseguido virtuosamente que pudiéramos ser observadores de aquella isla que nuestros antepasados disfrutaron, forjaron y probablemente maltrataran.

Todo momento histórico intenta atentar contra el legado con el fin de propiciar un progreso que ahora no vemos con buenos ojos y que consideramos enemigo de nuestra felicidad. Vuelven, nuevamente, otros versos de Llop sobre sus efectos: «El tiempo es uno / y no hay paraísos perdidos, / sólo miradas que han perdido el brillo». Si lo pensamos fríamente esa es nuestra mirada cuando contemplamos nuestro entorno pues nos es más fácil evocar un paraíso perdido que un paraíso por mantener y conservar. Esta segunda opción es siempre más compleja porque requiere asumir que la vida se ha convertido en otra cosa y conocer aquello que se pretende olvidar o que ni tan siquiera llegó a saberse. La poesía es la mejor amiga de los paraísos personales y solo la suma de ellos puede transformarnos en una sociedad culta y preocupada. Todo pasa, bien o mal.