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Bulos, mentiras, noticias falsas, tergiversaciones, relatos tóxicos: he aquí una descripción limitada de lo que se divulga, se comunica, se traslada, en distintos ámbitos del mundo de la política. Y también en el caso de la economía. En la situación actual, las noticias económicas que aparecen en los medios, y los comentarios emitidos por tertulianos y economistas pretendidamente académicos, dibujan panorámicas críticas e incluso apocalípticas. Esto se solía adscribir a plataformas mediáticas conservadoras; pero el discurso, la idea, se ha extendido incluso a medios poco sospechosos de populismos informativos, con honrosas excepciones. Se habla de incremento desaforado de la deuda pública con consecuencias nocivas para las generaciones futuras, de aumentos disparados en la prima de riesgo, de dificultades en la ejecución de las inversiones, del problema casi insalvable de la inflación; hasta invocar, como traca final, la quiebra del Estado. Parece mentira, pero eso se ha dicho en horarios preferentes. La contaminación está servida: la toxicidad se expande, con escasos contrapuntos, y penetra –también como un virus– en hogares y empresas. El desánimo se instala. La pregunta es a quién le puede interesar todo esto.

En tales coordenadas, la economía del dato es un arma importante. Pero parece que es insuficiente: la víscera domina sobre el conocimiento, muy en la línea que Lakoff nos exponía, hace unos años. Pero las cifras macroeconómicas, reconocidas por las principales instituciones económicas, no son tan negativas como se suelen presentar. En tal sentido, los medios resaltan sobre todo los indicadores problemáticos, que superan informativamente al conjunto de los que son positivos; éstos se suelen arrinconar o minimizar, aunque tengan mayor relevancia social y económica, frente a otras variables, que nadie niega por su significación y sus contenidos de inquietud y preocupación. Pero que se deben contextualizar de forma más rigurosa. Sin embargo, el frontispicio informativo es este: el país se halla inmerso en una crisis profunda, con tintes terminales.

Los economistas deben recurrir a los números, trabajo de campo, y a los informes técnicos, estudio analítico, para auscultar los impactos económicos y sociales, con el contenido más realista posible. La economía es una ciencia social y, evidentemente, su interpretación está impregnada de principios ideológicos. Todo economista, decía Keynes, es tributario de otro economista ya fallecido: el pensamiento económico, entonces, puede estar al servicio de un cambio social que persiga el bienestar común; o más escorado hacia posiciones defensoras de sectores sociales y políticos privilegiados. Se trata de opciones que sin duda son legítimas, pero que se deberían difundir con la veracidad de los datos y la solidez de los argumentos. No con la tergiversación. En ambos casos, la estadística, los modelos econométricos, las matemáticas, son herramientas que ayudan, siempre que el economista no trate de encajar a machamartillo los números en su marco ideológico o no haga del instrumento la finalidad, torturando las ecuaciones para que digan lo que se pretende concluir.