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En las guerras, la verdad es siempre la primera víctima y en la invasión de Rusia en Ucrania, las mentiras para desprestigiar a Vladímir Putin son el pan de cada día. Posiblemente, seré criticado al escribir este artículo, que niega la verdad de lo que nos cuentan que ha sucedido en Mariúpol y Bucha, pero creo que es mi deber dar la otra versión de estos terribles hechos. Me sucede lo mismo que a mi amiga rusa, la politóloga Lui Sivaya, que por narrar lo que nadie cuenta la tachan de pro Putin y de ser cruel e insensible de lo que acontece en Ucrania. Es el riesgo que corremos los que intentamos contar la verdad, pero ni ella ni yo somos insensibles a la muerte de seres humanos ni defendemos a Putin.

Se trata de contar, por ejemplo, que el Ejército ucraniano no dejó escapar de los bombardeos a la población civil de Mariúpol. Así, al contabilizarse cientos de víctimas civiles se demonizaba al Ejército ruso. En Bucha ha sucedido lo mismo pero esta vez de forma más cruel, pues el genocidio lo han perpetrado tropas neonazis ucranianas que llevan masacrando a la población prorrusa desde 2014 sin que Occidente moviera ni un dedo. Con dichas masacres se criminaliza a Putin y se le convierte en un criminal de guerra, cuando sus órdenes han sido las de respetar la Convención de Ginebra y el buen trato a los prisioneros.

Cuando los toman, el Ejército ruso les hace firmar un documento por el cual se comprometen a abandonar las armas y poder ser liberados y regresar a sus pueblos o ciudades o volver a Rusia. No disparan a las rodillas ni torturan como sí hacen los ucranianos con los cautivos rusos. Pero todo cuanto yo diga no será creíble por una sociedad que prejuzga por motivos sentimentales y no contrastados.