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L a gran metáfora de la política actual es el viejo juego de damas. ¿Qué se observa en un juego de damas? En primer lugar, muchos movimientos cortos, tú mueves ficha, yo rápido te sorprendo por donde menos lo esperas. En segundo lugar, todo se concentra en un cuadrado reducido, nada de cuanto se halla fuera interesa. Tercero, lograr la victoria personal es sinónimo de lograr la eliminación del adversario (matar ficha).

Cuando se pasa de observar el juego de damas a observar las sesiones parlamentarias, no se pasa a observar otra cosa, sino que se continúa observando lo mismo. Primero, poco hay de movimientos trascendentales, todo es menor y cortoplacista, tipo ‘yo te regalo una subvención–tú me votas los presupuestos’, vendiendo como si fuera ‘bien común’ lo que no es más que ‘cambio de cromos’. Segundo, poca cosa de la vida del exterior arrebata la atención del pleno, como si todo se redujera a intereses propios de los partidos. Tercero: no se alcanza a dar razones de la propuesta propia, toda la artillería va destinada a la anulación del contrario.

Las Cortes generales –pasillos y despachos incluidos– son cosa seria, como serio es el interés general del país. Un hemiciclo de ‘señorías’ no debiera resultar tan fácilmente comparable a un tablero de ‘damas’.