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Quienes peinamos canas hemos conocido épocas en las que la fiesta de Sant Sebastià era algo completamente protocolario y oficial, al margen de la ciudadanía y que ni siquiera era festivo desde el punto de vista laboral.

Fue durante el mandato de Paulí Buchens, último alcalde de la etapa predemocrática, que algunos grupos de estudiantes universitarios comenzaron, allá por 1977, a montar torradores en la Plaça Major, a las que se añadió música popular y poco más, a rebufo de los ‘santantonis’ de la Part Forana y con el único hándicap del sempiterno mal tiempo que suele hacer por estas fechas.

Ramon Aguiló vio en ello la oportunidad de convertir el patrón de Palma en algo más cercano al pueblo y comenzaron a programarse actos y actividades, consolidándose con el transcurso de los años como una cita musical y cultural obligada. Por aquí pasaron conjuntos y solistas de primer orden de todos los géneros musicales durante más de treinta años.

En las últimas ediciones, sin embargo, bajo la batuta sectaria del Pacte de Cort, la fiesta ha degenerado en un pretexto para la reivindicación de causas totalmente ajenas a la misma, propias de los grupúsculos activistas de toda condición que son financiados generosamente por la izquierda a cambio de un apoyo sin fisuras. El clientelismo elevado a la enésima potencia, vaya. Y les funciona, anda que no, basta hacer un discreto seguimiento a las redes sociales para percatarse de las jaurías de estómagos agradecidos que, ya sean del ala podemita o del entorno del PSIB, muerden a todo aquel que se permite exhibir una opinión discrepante.

Pero no es ya solo que la festividad de Sant Sebastià se haya pervertido, sino que hasta los actos más multitudinarios pretenden aprovecharse políticamente para vomitar ideología sobre la juventud. Así se explica la disparatada elección de ‘artistas’ de difícil clasificación por parte de Alberto Jarabo para las aplazadas revetles de 2022. José Hila, como siempre, no ha estado ni se le espera.

Sant Sebastià, embozado con su mascarilla obligatoria, nos ha salvado, de momento, del bochorno, pero en 2023 hay elecciones y, salvo que la pandemia perdure –Dios no lo quiera–, Cort echará, a buen seguro, la casa por la ventana.

Hablando de elecciones y pronósticos. Esta semana los de Vox pregonaban en las redes que determinadas encuestas pronostican que sean primera fuerza en Palma y su área metropolitana. Ignoro el origen del estudio y su fiabilidad, pero ya en octubre Ultima Hora señalaba que el candidato con más apoyo ciudadano para ser alcalde –de entre los actuales– era Fulgencio Coll, algo que entonces pasó desapercibido. El ‘popular’ Jaime Martínez está visto que no levanta pasiones entre los suyos. No soy amigo de líneas rojas para deshumanizar aquellas formaciones que no me gustan, eso es muy propio de los extremos, y no es algo nuevo, Goebbels y Stalin ya practicaban este deporte. Y, por razones obvias, prefiero la buena educación de Coll a las memeces y exabruptos de Jarabo y sus compañeros. La conclusión es que el mandato de Hila, que pomposamente tenía que transformar Palma en icono del progresismo mundial, puede que nos deje en herencia un ayuntamiento comandado por una versión dulcificada y tuneada del franquismo de toda la vida.