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La irrupción explosiva del ómicron puede servir para explicar la colosal indiferencia por el llamado discurso de fin de año de la presidenta de Baleares y por la pantomima de supuesta rendición de cuentas de Pedro Sánchez. En el primer caso se trata de la artificiosa emulación de los discursos reales con motivo de la Navidad incorporada por los presidentes autonómicos con el fin de procurarse un cierto lucimiento, que pasa desapercibido. En cuanto a Sánchez, es una estafa en forma de mitin de autocomplacencia emperifollado con una rueda de prensa trucada: solo pueden preguntar media docena de medios de demostrada adhesión inquebrantable. Para rendir cuentas, si de eso se tratara en vez de otra artimaña propagandística, está el Parlamento y la opción de un Debate del Estado de la Nación que lleva años sin ser convocado.

La pandemia, sus consecuencias, ha trastocado sustancialmente las dinámicas de la política, convirtiéndose en un enorme palo en las ruedas para los partidos de la izquierda instalados en el Govern. Desde el momento que la apelación a los sentimientos ha sustituido a la lógica de la razón, la izquierda, más avezada en el manejo de los códigos del populismo, se ha apoderado del discurso público. Aunque en Baleares, en lugar de la izquierda, sería más preciso hablar de Francina Armengol. Al igual que con Pedro Sánchez, el PSOE se ha adaptado mansamente a sus querencias y necesidades y actúa como presidenta del Govern merced a los apoyos de Més y Podemos, que se ven a sí mismos como los únicos y auténticos adalides de esa misma izquierda. Como muestra: a las puertas del acuerdo sobre los retoques a la reforma laboral de Rajoy, el nuevo dirigente de Més, Lluís Apesteguía, reclamaba una huelga general para compensar la «eficaz presión de la patronal». El atril aguanta cualquier desbarre.

Pero más allá de los gestos (mayoritariamente en forma de subvenciones económicas) con determinados colectivos minoritarios, el discurso presuntamente transformador es pura palabrería. Apenas son un recuerdo difuso aquellos momentos en los que la izquierda quería obligar a los hoteleros a doblar la rodilla. Francina Armengol ha optado por no incomodar a los sectores económicos y sociales más influyentes que, a su vez, le devuelven cariño y comprensión. Periódicamente, un poco de miel en los labios de sus socios radicales y sordina a los problemas estructurales; el resto, esperar la cosecha de las redes clientelares tendidas.

El virus, sin embargo, perturba el presente y expande incertidumbres sobre el futuro: ómicron ha quebrado las expectativas del sector turístico; las facturaciones de los negocios pequeños y medianos han caído en torno al 50 % después de un 2020 económicamente siniestro; a pie de calle, la inflación desbocada es una violenta pedrada contra las economías familiares; un número indeterminado de personas contagiadas, muchas sin duda, esperan una llamada para saber qué hacer que no se produce, con la paciencia agotada tras intentar infructuosamente contactar con los servicios oficiales. El presidente del Sindicato Médico, Miguel Lázaro, formula una pregunta muy inquietante: ¿Por qué no se informa a los pacientes de que su salud, como la de sus médicos, va a ir empeorando por cómo se están gestionando los recursos?