Un rancho en Nuevo México, un revólver, un grito de ¡Acción!, un disparo, un muerto. Al acabar la escena, mil veces recreada por Hollywood, se oye ¡Corten! El actor se levanta y vuelta a empezar. Sin embargo, una vez más la realidad se impuso a la ficción y la tragedia bañó las cámaras de sangre. El accidente ocurrido durante el rodaje de una película en Estados Unidos, que ocasionó la muerte de la directora de fotografía, es el cine dentro del cine. Un error, posiblemente una imprudencia en cadena, acaba convirtiendo un western en un thriller, con final dramático e inesperado. Las armas matan y, en cualquier circunstancia, debe saberse y recordarse. Los protocolos de seguridad en los rodajes españoles son extremadamente estrictos y requieren la presencia de un maestro armero que, en todo momento, es quien supervisa, custodia y manipula las armas y su munición. Resulta imposible imaginar un accidente similar en una película rodada aquí: calibres diferentes a las reales en balas y pistolas de fogueo impiden usar las de mentira en las armas de verdad. En Nuevo México, con un presupuesto astronómico y visos de gran producción, alguien puso munición asesina en el tambor de un revolver mortífero: alguien no hizo bien su trabajo y acabará pagando por su irresponsabilidad. Muchos elementos para una película aún por rodar y que, lamentablemente, no acabará con el grito de ¡Corten!, sino con el de ¡Socorro! La vida en un instante, la muerte en una negligencia.