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Juli Busquets (1932-2001), fundador de la Unión Militar Democrática (UMD) y gran amigo mío, que por entonces hacía unos meses que había sido elegido diputado socialista por Barcelona, escaño que ocuparía durante cuatro legislaturas, me llamó un día de finales de 1977, para que fuera a su casa. Una vez allí, me informó de que íbamos a tener una reunión con tres exmilitares que habían combatido con la República, y que me convocaba porque suponía que les gustaría conocer a un militar en activo como yo, que había sido, también, uno de los fundadores de la apasionante aventura que fue la UMD y, además, hijo de un fusilado por los rojos. El objeto de la reunión era conocer sus opiniones sobre qué esperaban de la estrenada democracia. Me enseñó un montón de cartas que el mismo colectivo le había enviado de diferentes lugares de España; en ellas se exponían situaciones personales lamentables. Por supuesto no recibían pensión, y, en algunos casos, estaban en la indigencia.

De aquel encuentro evoco, sobre todo, la emoción. Al más viejo de los tres se le saltaron las lágrimas contándonos cuando fue herido en la batalla del Ebro y estuvieron a punto de ampuntarle una pierna. Encontré en ellos un enorme deseo de reconciliación y un reproche a los políticos de entonces que no supieron evitar la guerra. Recuerdo que, al terminar la reunión, después de que Juli les hubiera prometido que lucharía en el Congreso por el reconocimiento de su condición y por sus derechos sociales, ellos y nosotros dudamos de cómo despedirnos. Fue Busquets el que rompió el fuego iniciando los abrazos y, con ellos, sentí la sensación de que algo importante estábamos comenzando. España empezaba a dejar de ser una dictadura e iniciaba sus pasos para convertirse en una democracia plena, como cualquier otra de los países europeos. Fuimos más lejos: en pocos años, trocamos en una de las sociedades más abiertas y tolerantes del mundo. Es probable que, hasta hace unos años, fuera España mejor que nunca lo había sido en el pasado.

Entonces, eran horas en que la izquierda defendía que había que olvidar el pasado, la consigna era pasar página. Marcelino Camacho, el íntegro líder de CCOO, refiriéndose a la Ley de Amnistía de 1977, afirmó: «Nosotros, que hemos padecido tantas heridas, hemos sepultado nuestros rencores al lado de nuestros muertos».

Desde Zapatero hasta hoy, hemos desandado aquel camino. Ahora es la izquierda la que quiere desenterrar los rencores, la que hace una revisión de la voluntad de superar el pasado inherente a la Transición. Junto a los secesionistas, ha vuelto a meter la mano en la historia. En lugar de asentar la joven democracia se han propuesto sustituir la reconciliación por el revanchismo. La ley de Memoria Democrática presenta un pasado cortado a la medida de quien lo escribe y se define más por lo que pretende olvidar que por lo que quiere resaltar. En ese olvido figuran, por ejemplo, las masacres comunistas de Paracuellos, las torturas en las checas y las matanzas de religiosos. Con ese olvido, los asesinatos de los comunistas no existieron, solo la derecha y los fascistas asesinaron. En el mundo occidental no se olvidan las masacres del nazismo, pero tampoco los millones de víctimas del comunismo.

Juli se empleó a fondo, era un hombre honesto y tenaz y, poco a poco, fue consiguiendo avances en el reconocimiento de los derechos de los militares republicanos. El Gobierno, en distintos decretos, consideró obligado superar las consecuencias que se derivaron de la pasada contienda. Para ello les reconoció su derecho a los haberes pasivos, así como a sus viudas y huérfanos y se les consideró militares retirados.

Nos volvimos a ver con ellos, creo que en el 84, en una reunión con varios más en un local que no recuerdo. El mayor de ellos había muerto, los otros me enseñaron con orgullo la documentación de militar retirado, que se les había entregado. En aquellos momentos no podía imaginar que en esa nueva España un día estarían los comunistas en el Gobierno ni que éste estaría sostenido por partidos cuyo objetivo era destruirla, que iban a volver, por medio de la ingeniería social promovida por la izquierda, las dos Españas de Machado, envenenadas con el revisionismo histórico, el revanchismo ideológico y el sectarismo más descarnado.