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Esta vez he llegado a la estación demasiado temprano. De pie en el andén, mientras espero que llegue el tren que debe devolverme a París, empiezo a hojear el periódico por la contraportada. Me da pereza ponerme a buscar las gafas en la mochila, así que me conformo con leer los titulares. Allí mismo se me escapa una carcajada. En Reims, no muy lejos de donde me encuentro, un policía le dio hace unos días el alto a un tipo que circulaba en patinete eléctrico sin casco y como este hizo caso omiso se subió a su moto y salió tras él en persecución. Ya sabía yo que esto también tenía que ocurrir. Porque todo lo que podía ocurrir ha acabado ocurriendo: los atropellos de peatones, los choques entre patinadores, los choques entre patinadores y ciclistas, los coches entre patinadores y coches...

Dentro ya del tren y sentado en mi asiento, me pongo las gafas para terminar de leer la noticia. Antes, me encuentro a página completa la historia de una mujer de Trigny cuyo gato murió tras comerse una flor de lis que tenía en casa. Entrevistan a una veterinaria que viene a decir lo mismo que yo: esto también tenía que pasar. Por lo visto, las flores de lis son tóxicas y mucha gente que tiene mascotas lo ignora. Del hombre del patinete cuenta el periódico que durante la persecución sufrió una caída y las autoridades han iniciado una investigación oficial para determinar responsabilidades. Mientras, está ingresado en un hospital debatiéndose entre la vida y la muerte. Ahora siento haberme reído.