0

En un mundo apocalíptico donde los medios de comunicación, especialmente las televisiones, reflejan una realidad aterradora a todas horas, resulta como mínimo curioso que las noticias sobre la fuga de capitales a los paraísos fiscales haya pasado casi desapercibida. Nos han aplastado de tal manera con el miedo al coronavirus, con la crisis económica que ha convertido nuestras sociedades desarrolladas y confortables en caldo de cultivo para las colas del hambre y, ahora, con lo que nos faltaba, la erupción de un volcán en casa, que nuestra mirada se ha vuelto opaca. En el fondo, lo que casi todos nosotros quisiéramos es tener esos millones de euros que nos permitieran organizar nuestra vida a capricho, disponer de nuestro tiempo para hacer lo que nos dé la gana e, incluso, jugar con el dinero, llevándolo aquí o allá, para pagar menos impuestos. Es la idea que me transmite ese pasotismo, esa parálisis que se refleja en las redes sociales, en las tertulias del bar, en la vida diaria. A nadie le escandaliza que los ricos gocen de esos privilegios. Al fin y al cabo, ha sido así siempre. Los de arriba se pueden permitir muchos desmanes. Los de abajo, nunca. Las sucesivas crisis económicas, el avance del pensamiento liberal y ya la guinda del virus letal nos han retrotraído al medievo, cuando el señor marqués poseía tierras, rebaños, pueblos y personas. Su gente. A la que defendía y también explotaba, como un padre severo, en ocasiones benévolo, en otras violento. Así vemos ya al Estado, plagado de señores intocables que miran y ven la vida desde tal altura, que a nosotros nos parecen de otro planeta.