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Un día del pasado mes de abril, en el cual necesitaba encontrar la placidez que la primavera    me entorpecía, decidí observar    desde mi ventana    el jardín para encontrar en la naturaleza la paz de la que carecía    mi mente. Al poco tiempo me llamaron la atención dos pajaritos que intermitentemente salían del almendro y que al poco rato    volvían a introducirse en él, llevando en el pico un minúsculo trozo de rama. Observé varias veces el trasiego imparable de esas dos    aves incansables hasta que entendí lo que estaban haciendo, habilitar la llegada de su prole. Esto me dio gran parte de lo que necesitaba y así pude dedicarme a otra actividad más habitual. Olvidado tal suceso, tres meses más tarde, ya en pleno verano, intentando a primera hora de la mañana recibir un poco    de frescor, me    paseé por el jardín y miré con estupefacción el almendro que tres meses antes me había proporcionado el placer de observar la increíble actividad    frenética de aquella pareja de avecillas. Y en el suelo de la vertical exacta del lugar por el que entraban y salían aquellos seres voladores observé en tierra algo que me llamó poderosamente la atención. Algo que no podía ser otra cosa que la obra que aquellos pajaritos hicieron el pasado mes de abril. Efectivamente, era un nido, su nido, donde debieron haber puesto e incubado sus huevos, los cuales    ya debían haber proporcionado    nuevos pajaritos igualmente sabios.

Aquella aventura me llevó a pensar en la enorme diferencia que hay entre el género animal –y también el vegetal– con nosotros los humanos. No necesitan de escuelas para saber hacer lo que precisan para vivir. Por una razón muy sencilla, porque no pretenden nada que vaya más allá de sus estrictas    necesidades. Por eso son profundamente ecológicos y no necesitan de guerras ni de conquistas. Les es suficiente con lo imprescindible y no aspiran a más. En mi jardín, frecuentemente, contemplo varias clases de pájaros comiendo tranquilamente, sin molestarse para nada los de una especie con los de otra.    Nosotros, en cambio, endiosados por la tecnología, hemos conseguido alcanzar producciones increíbles, pero estas producciones están poniendo al mundo en una encrucijada    ecológica    que nos está llevando a la catástrofe. Catástrofe que    pone en peligro no solamente la misma existencia del género humano, sino incluso la de todo el planeta. He repetido varias veces en estas páginas que me fío más de las expresiones de los artistas que de las elucubraciones de los científicos. Y los dos artistas que más me han influido, Joan Miró y Manolo Millares, coinciden en lo que estoy relatando, que el ser humano, después de millones de años de existencia, ha conseguido ser una auténtica piltrafa. Miró, gracias a su    cordial humor catalán, lo pinta como    un monigote tragicómico, que a lo más a que puede aspirar es a ser plásticamente atrayente. Millares, que, a pesar de haber nacido en Canarias, basa tanto el fondo como la forma de su arte en el ámbito cultural castellano, ha realizado un arte    menos divertido    y mucho más trágico que el de Miró, expresando al ser humano como un revoltijo de despojos; al cual llamó irónicamente homúnculo. El homúnculo de Millares es bastante menos divertido y mucho más trágico que el monigote de Miró; pero quizás sea más real, sin ninguna cosmética.

En cualquier caso, ambos coinciden en que el ser humano es un ser incompleto, inmaduro y    desquiciado. Estas desventajas le colocan en una situación muy inferior a la de los demás seres de la naturaleza y por esta razón su socialización como especie es simplemente imposible. Algo que, lógicamente, también le impide una    cohabitación cordial con los demás seres;    y que de no detener ese camino pueda llegar a hacer inviable su existencia e incluso la del mismo planeta. Llegados a este punto, la única conclusión posible    que puede aceptarse es que el género humano, comparado con los demás seres, es particularmente estúpido. Ciertamente el más estúpido del planeta.