Sería absurdo que en naciones de constitución laica como España se enseñe el catecismo en las escuelas públicas. Igualmente, absurdo es que no se imparta la asignatura de la religión. Una buena parte de la literatura francesa, japonesa, rusa, china, egipcia o estadounidense exige para su entendimiento conocer, al menos de forma elemental, las diversas religiones.

No sé si la religión es el opio del pueblo; el tópico comunista se ha repetido hasta la saciedad. Si se quiere disfrutar de los bienes culturales de Oriente y de Occidente, del África negra o de la Oceanía dispersa, desde la escuela debería ser obligatorio el estudio de dicha materia. Tal formación no es intercambiable ni con el parchís ni con la voluntariedad. Estamos ante una asignatura fundamental y puntuable como las matemáticas o la literatura.

Las decisiones utópicas de algunos políticos anticlericales extraídos del siglo XIX conducen al esperpento. No se trata de adoctrinar a nadie, ni de imponer catecismo ni de beaterías. Se trata de una elemental cuestión de cultura general. La incultura de ciertos grupos políticos es grave.