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Leyendo la historia de este país nos hallamos en el meollo de cada capítulo con un acusado fanatismo ibérico que sólo escucha lo que quiere oír y cuyo patriotismo, sea antiguo, sea de los días que corren, pretende estar por encima del bien y del mal. Tratamos de defender a nuestros hombres públicos, en sus fallos y flaquezas, alegando que aquel otro es mucho peor, como si hubiera delitos blancos y delitos negros. Perdemos la Armada Invencible puesta en manos de un inepto y para defendernos de una vergonzante derrota atribuimos el desastre a las fuerzas naturales, es decir, a las tormentas marítimas.

Perdemos la escuadra en Trafalgar, vencidos de todas, todas, y decimos que los ingleses también se llevaron lo suyo con la muerte de Nelson. Entramos en guerra con los Estados Unidos a sabiendas de que nuestras naves de combate están en ínfimas condiciones y luego pregonamos la derrota como una gran injusticia, sin aceptar a priori que no siempre David se lleva la victoria ante Goliad. ¿Y ahora? Los políticos se tiran los trastos a la cabeza, se insultan sin el menor estilo de personas educadas y nos enseñan a odiar para que nuestros debates de café caigan en las más absurdas ignorancias. Ahí están, los parlamentarios, incapaces de medir la doblez o la veracidad de sus palabras. Pongamos, a pesar de ello, un ejemplo con cierto humor. Yo hablo con fluidez castellano, catalán, inglés, francés y en estos días estoy completando, a mis años, un curso de italiano.

Y ahora me entero, por mor de engañosa política de los bandos y banderías de siempre, de que hablo también el mallorquín, el menorquín, el ibicenco y el formenterés, con lo cual, y suponiendo que las rocas de Cabrera no hablen, soy mucho más políglota que antes. Es todo un regalo de la derecha capaz de aplaudir los dislates filológicos. Pero añadiría que soy políglota hasta el infinito ya que hablo, igualmente, el mejicano, el argentino, el hondureño, el guineano-ecuatorial, el chileno, el panameño, el colombiano… y muchas, muchas más lenguas que dejó a su paso la lengua de Castilla. En el fondo de todo es que se ha situado en el centro de nuestras pretendidas convivencias, el todo vale, incluso el absurdo filológico, el disparate pseudoacadémico… y cabe atribuirlo a una manipulación para remover el caldo del fanatismo.