TW
1

Por lo visto, los españoles nos estamos europeizando un poco desde que se desató la pandemia. Eso, al menos, cree el Banco de España, al analizar el repentino interés de nuestros paisanos por la prudencia, el ahorro y el afán por guardar algo ante la posibilidad de que las cosas se pongan feas. No sé qué clase de cataclismo podría caernos sobre la cabeza para que las cosas se pusieran aún peor, la verdad. Pero ese es otro tema. Aquí de lo que hablamos es de ese casi billón de euros (sí, con b) que las familias españolas tenemos ahorrado, un récord nunca alcanzado en los últimos treinta años (toca a 20.000 pavos por habitante).

Los buenos del Banco de España, siempre tan atentos a la realidad y a esos vericuetos inescrutables de la economía patria –recordemos que no vieron venir la crisis de 2008–, creen que de pronto, por algún milagro inesperado o quizá por influencia de este virus que nos ha hermanado a todos los humanos del planeta, los españoles nos hemos vuelto serios, responsables y ahorradores. Aseguran que el miedo a perder el empleo ha hecho que tomemos la sabia decisión de guardar parte de nuestros ingresos para tener ese colchón que nos haría un poco menos dolorosa la inevitable caída. Yo discrepo. A ver, sin duda ellos saben más de economía y de finanzas que yo, que soy simple observadora. Pero me da a mí en la nariz que nada ha cambiado a pesar de todo lo que hemos vivido. La mayoría de la gente sigue igual. Y hay, incluso, muchos que si antes eran más o menos sensatos, ahora se han apuntado con alegría a ese alocado carpe diem que dicen que también se vio cuando la peste negra asoló Europa.

Total, para cuatro días que vamos a estar aquí, ¡qué quieres que te diga, que me quiten lo bailao! No es una mala filosofía de vida, aunque conlleva sus riesgos. ¿Cuál es entonces mi diagnóstico? Que como nos han quitado la posibilidad de viajar, de comer o cenar en restaurantes, de desayunar o almorzar en la cafetería, de salir de copas hasta las tantas, de ver el fútbol en el bar con la cervecita en la mano y dar buenos alaridos para alegrarles la vida a los vecinos... en fin, eso que solemos considerar la españolidad más auténtica, pues nos hemos visto privados de gastar todo lo que habríamos deseado. Por eso ahorramos. Porque durante muchos meses gastar era imposible.