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El problema no eran los estudiantes en viajes de estudios sino los botellones. Lo fácil era criticar a los niñatos o cayetanos por el megacontagio de Mallorca, que ha disparado la incidencia de la COVID-19 en Mallorca y en España, pero el tiempo, que siempre suele imponer justicia, ha demostrado que el problema no eran los viajes de estudio sino los botellones. No debería sorprender a nadie porque este fenómeno social arrancó en 2006, dice Wikipedia, y tiene varios nombres según las comunidades autónomas. En Mallorca, tanto vecinos como policías tienen perfectamente localizados los lugares donde se hacen botellones y simplemente era incrementar los controles en estos espacios, exigir a los jóvenes el uso de mascarillas u obligar a desalojar las multitudes. Pero nada de eso se hizo, ni siquiera se planificó cuando se sabía que los estudiantes estarían en unos hoteles muy concretos, como ocurre desde hace décadas y, por lo tanto, harían botellón en zonas muy delimitadas.

Todos los agentes policiales que se han dedicado durante meses a controlar restaurantes, a medir la distancia entre mesas, a desalojar interiores, a solicitar identificaciones, a multar a menores por estar demasiado cerca de sus colegas, desaparecieron durante los viajes de estudios. O no les ordenaron que controlasen los lugares donde previsiblemente se reunirían los jóvenes, que han sufrido un acoso mediático sin precedentes con tal de salvar a la soldado Armengol por su falta de previsión y al almirante Hila por autorizar un concierto en la plaza de toros cuando las empresas de espectáculos llevan más de un año sin actividad. De verdad, echo en falta una mayor presión periodística sobre el Ajuntament de Palma, que a su desastrosa gestión diaria se suma el desastre del concierto del reguetón. ¿Nadie piensa insistir a Hila sobre qué político o políticos autorizaron el concierto? Lo comento porque hay mucha gente que querría saber quién estampó su firma en la autorización. Bastaría que todos aquellos que han dedicado horas a insultar a los jóvenes en las redes sociales preguntasen a Hila o a Jarabo por el concierto. Así de sencillo.

Tampoco me atrevo a decir si el control de los botellones era una cuestión que debería haberse prohibido en las reuniones de las comunidades autónomas con el Ministerio de Sanidad, si es una competencia de la Delegación del Gobierno, pero sí sé que el Govern lleva mucho tiempo obligando a supermercados de Playa de Palma a cerrar a las 21.30 horas. Anunciarlo ahora de nuevo es pura propaganda para salvar a la soldado Armengol o a su teniente Negeruela del desastre, pero nada más.

Me temo que ha sido precipitado levantar la obligatoriedad de llevar mascarillas hasta el 26 de junio, un anuncio, recuerden, que hizo el propio Sánchez en plena polémica sobre los indultos y sin consultar con las autonomías. Podemos darle la culpa de los contagios a Ayuso , a la policía de Llucmajor, a los cayetanos y niñatos de los viajes de estudio, a sus padres por irresponsables, a las pobres agencias que han organizado los desplazamientos, pero parece que el tema se les ha ido de las manos y con la marcha de los estudiantes se ha demostrado que la culpa no era de ellos y los contagios se han disparado por los botellones. El ejemplo más evidente es Ciutadella, donde curiosamente un miembro del Govern se lo pasó a lo grande mientras nos pedían responsabilidad a todos los ciudadanos. Y no creo que a estas alturas los ciudadanos puedan asumir otro ‘caso Hat Bar’.