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Entre la gran fábrica japonesa de bombillas en Petra que nunca fue y la agonía concursal actual de Perlas Majorica median treinta años, durante los que los compromisos políticos de alternativas al turismo para construir una diversificación económica idílica no han ido más allá de las campañas electorales ni del consabido cambio de modelo que siempre ha de esgrimir como seña de identidad quien se considera progre.

El presidente Gabriel Cañellas y su conseller de Turisme, Jaume Cladera, encabezaron en 1991 la delegación que viajó a Japón con el fin de situar a Baleares como destino inversor entre las empresas niponas. Phoenix Electric fabricaba lámparas halógenas, entonces el último grito de la tecnología. Según los contactos de los dirigentes insulares había una muy favorable predisposición a desarrollar una gran inversión en Mallorca. Se compraron terrenos en el municipio de Petra, se recalificaron y, en términos cervantinos, fuese, y no hubo nada. La explicación posterior fue que al año siguiente, 1992, la crisis paró en seco las inversiones japonesas en el exterior.

Majorica, por el contrario, forma parte de la historia industrial de Mallorca. La empresa de los hermanos Heusch, fundada en 1897, decide crear un taller de perlas en Manacor por la existencia de una fábrica de electricidad (Manacor fue el segundo pueblo en tenerla, después de Alaró), la buena comunicación por ferrocarril desde 1879 y, sobre todo, por la abundancia de mano de obra femenina, las perleres de Manacor son parte fundamental de esa historia. En los años cincuenta, la investigación alcanza un hito decisivo: la perla artificial sin apenas diferencias con la natural. El crecimiento de la empresa es exponencial.

En los años ochenta, su facturación muestra cifras astronómicas. Hasta que dio comienzo el declive. El crac provocado por la pandemia lleva a la empresa al concurso de acreedores el mes de octubre del año pasado. Estos días, el juez de lo Mercantil ha rechazado la decisión propuesta por el administrador concursal con el fin de que los aspirantes a quedarse la empresa mejoren sus ofertas en base a los criterios determinados por el mismo juez: la oferta económica –la deuda de Majorica es millonaria–, y la salvaguarda de los puestos de trabajo. Sea cual sea la decisión, la amenaza de la deslocalización seguirá pendiendo sobre una de las pocas industrias que quedaban en Mallorca.

Las durísimas consecuencias sociales y económicas de la pandemia han obligado al Govern a dejarse de recetas de despacho para centrarse en la imperiosa necesidad de ir a buscar al turista allá donde se encuentre. La presidenta Armengol mantiene rigurosamente alto el listón de las limitaciones de derechos fundamentales como el de reunión y circulación, con el beneplácito de los jueces y la Fiscalía, faltaría más. Salvar la temporada es la llave con la que se pretenden justificar incluso las decisiones más controvertidas. Hasta los turismofóbicos cercanos a los partidos del Govern han sido escondidos con la instrucción tajante de no dejarse ver. Un baño de realidad, en fin, para dejarse de fantasías y para que cada cual cumpla con su función. La iniciativa privada, crear empresas; las administraciones, el escenario; y dejar de ser el obstáculo y el freno a la innovación.