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Estamos hambrientos. Deseamos espacios amplios y terrazas, como si no existiese nada más importante en el mundo. Los parques, los jardines y las plazas donde los árboles ofrecen sombra nos hablan de paraísos perdidos. Somos el fruto de una pandemia que nos encerró a todos y que transformó nuestras vidas; una pandemia que ha alterado nuestras prioridades por completo, que nos ha resituado en el mundo con una mirada nueva.

Estamos llenos de rasguños y heridas provocados por el miedo, las restricciones, la imposibilidad de respirar libremente. Somos como los rebaños que se han mantenido encerrados mucho tiempo y que salen en estampida, al menor atisbo de obertura de puertas. Corremos hacia el exterior, persiguiendo cielos claros. Mantenemos el aspecto de presos que, al ser puestos en libertad, tras haber vivido sin aire, se lanzan con ímpetu a buscar la salida.

Me paseo por Palma y observo el jolgorio y las risas de las terrazas de los bares. La gente ocupa mesas y sillas con una avidez inesperada. Veo un alivio momentáneo en muchos rostros, el descanso de quien recupera por un rato una normalidad que creía perdida. Hay barullo de movimiento y sonrisas. Eso debe de ser la esperanza: abrir un paréntesis en el que nos permitimos creer que, algún día, todo volverá a ser como fue.

Sin embargo, cualquier acto desesperado e instintivo, como esa ocupación en masa, conlleva peligros. No quiero ser agorera, pero no debemos olvidar las precauciones ni las medidas. La responsabilidad tiene que ser nuestra consigna. Me preocupa la precipitación colectiva, que puede hacernos retroceder en el camino, volver atrás de nuevo, e incluso provocar contagios y hospitalizaciones. Entonces me divido entre la comprensión hacia los que han hecho de una terraza su particular trinchera y el miedo de que volvamos a repetir errores. Las terrazas son hoy la tierra soñada, el oasis en medio del desierto. Pero no podemos dejar de estar alerta. Ni abandonar la memoria de lo que nos ha tocado vivir. Me alegra pues que el Govern balear mantenga el toque de queda más tiempo. Tenemos que imponer la cordura al ímpetu sobresaltado.