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Todo valió contra Pablo Iglesias , y de paso contra Irene Montero . Ataques feroces de la prensa, exageraciones sin cuento, calumnias, mentiras. Portadas sangrantes ante supuestos casos que en dos docenas de ocasiones resultaron sobreseídos, y silencios terribles en esas mismas portadas cuando todo quedaba en nada. Sufrió acoso mediático, judicial, policial y personal en forma de escraches a su domicilio particular, allanamiento de morada, amenazas de muerte y ataques a su familia (padre, esposa e hijos). No es que haya dimitido por eso, pero eso estuvo ahí.

Se supone que el pacto de la Transición consistía, entre otras cosas, pero de forma fundamental, en el juego limpio, en la neutralidad de los aparatos del Estado en el terreno político y en la igualdad de todos los partidos democráticos, sin buenos ni malos. Además, se supone que son precisamente los jueces y la policía dos de los principales agentes sociales encargados de velar por la democracia y su recto funcionamiento. Así que lo escalofriante llegó cuando todo un Ministerio del Interior, con su titular al frente, organiza toda una trama policial (y por tanto pagada con dinero público) para utilizar métodos mafiosos contra un político determinado.

Cuesta entender tanta saña, o acaso miedo, cuando Podemos es más bien un partido socialdemócrata, con cierto baño posmoderno, a la derecha del sueco Olof Palme y a la altura, más o menos, del PSOE del 82. A algunos la socialdemocracia les inquieta más que Bolsonaro o Le Pen . Pero no hace falta ser de Podemos para que esto le acabe pasando a cualquier otro, una vez abierta la veda del todo vale. Mañana le tocará llevar las hostias a Yolanda Díaz , pero pasado mañana puede ser a su vecino, a su familia, a Ud. Todos, absolutamente todos, deberíamos estar horrorizados ante este desparrame de parcialidad, demonización, odio y presión, so pena de acabar, como en el célebre poema del alemán Martin Niemöller, en aquella situación en la que «Cuando vinieron a buscarme a mí, no había nadie más que pudiera protestar». Si la excrecencia del juego democrático a la que hemos asistido (y que muchos han jaleado), si esa barbaridad de abuso, sectarismo, mentira e impunidad nos deja indiferentes, a la democracia, o lo que sea que tengamos ahora, le queda poco. Poco, en serio.