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El presidente del PP, Pablo Casado, espera las elecciones de Madrid con esperanza. Confía en Díaz Ayuso para que, manteniéndose en la presidencia regional, le apuntale en su débil liderazgo. Lo único que le interesa es la imagen que el 5 de mayo multiplicarán todos los medios de comunicación. Si ella sigue siendo presidenta él cree que así se consolidará. Aunque la verdad es que sería lo peor que le podría pasar, porque está claro que a Diaz Ayuso la preparan para ser su sustituta al frente del partido cuando pierda otra vez ante Pedro Sánchez. Le da igual. Su objetivo es aguantar a corto plazo y en el medio y largo ya se verá, debe pensar que ya cruzará ese puente cuando a él llegue.

Esa cortedad de miras le rinde ante Sánchez. El presidente le supera de mucho en visión estratégica. Ha demostrado ser un gran incompetente en muchos ámbitos de gestión. Pero a la vez se ha revelado como un fascinante personaje político que no está lastrado de ningún modo por atisbo de ideología, palabra, principios, compromisos ni ningún otro condicionante que en otros líderes resultan ser determinantes. Esta condición la aplica a un único objetivo: mantenerse en la presidencia. En este empeño pone, además, su instinto natural de liquidar a cualquier oposición. No de ganarle. De liquidarla. Lo ha hecho con la interna y está en ello con la externa. Esta claridad mental sumada a la falta de escrúpulos dejan sin opciones al débil Casado.

De esta condición natural de Sánchez, que podría decirse que tiene cierto parangón con lo que en deporte profesional se llama el “instinto asesino”, nunca g zaron antecesores suyos como Mariano Rajoy, Rodríguez Zapatero, Adolfo Suárez… que fueron presidentes que siempre se dejaron arrastrar por las circunstancias. Tuvieron, sin duda, la habilidad de aprovecharlas cuando les beneficiaron, para así colmar su ambición política, pero nunca de veras fueron capaces -lo quisieran o no, que eso no consta y de hecho es irrelevante- de forzarlas sin ningún tipo de escrúpulos para intentar aguantar en la presidencia cómo fuera. En cambio sí que demostraron tener ese instinto feroz Felipe González y José María Aznar, aunque este último, al contrario que el socialista, siempre cojeó de una aparato de propaganda muy deficiente que no hizo brillar su presidencia cuando pudo -en el primer mandato – y que, combinado con el mesiánico “sólo ocho años”, se condenó a pasar a la posteridad más por su salida de la presidencia -patética por el burdo intento de apuntar a ETA como responsable de los atentados que hundieron al PP y elevaron al PSOE en las elecciones de 2004- que por sus acciones en ella. Pero ni Aznar ni siquiera González llegaron al brutal instinto asesino que despliega Sánchez.

Bien conoce el actual presidente las circunstancias de cada uno de sus antecesores. Y su objetivo está claro. Superar en tiempo en La Moncloa a Felipe González, su odiado compañero de militancia: una mera formalidad pues no coinciden en ninguna idea, en la concepción de país ni en principio político alguno, dando por hecho, que es mucho suponer, que el actual presidente tenga algo de todo esto. Es ésa no su ambición sino, más bien, su obsesión vital. Gris profesor de economía, académico doctor copión y de imposible retorno profesional, su vida está consagrada a ese objetivo. Esa forma de ser descrita le permite ver con claridad estratégica lo que necesita para cumplir su misión auto impuesta.

Una vez liquidada la oposición interna en el PSOE, está creando las condiciones para seguir gozando del despacho presidencial al margen de que sea un inútil en tareas de gobierno. Consciente de su incapacidad -y esto es un gran valor en política - él no busca presentar al votante un cuaderno de grandes realizaciones para ganar las elecciones. Sabe que no puede presentarlo. Es imposible. Así que su diseño estratégico es diferente, se encuentra al margen de la gestión -que en su caso es sobre todo propaganda –, se trata más bien y sobre todo de ejercer un dominio brillante del comportamiento electoral.

Está copiando -como si de su tesis doctoral se tratara – la estrategia electoral del régimen socialista que existió durante 40 años en Andalucía. La que a base del subsidio público -peonadas en el campo, trabajo comunitario, certificaciones para ayudas oficiales diversas, contrataciones de un número absurdo de trabajadores para la misma tarea (tal y como dejó en evidencia un famoso videoen Youtube) en obras públicas... - creó una bolsa de votantes siervos que junto a los votos religiosos del propio partido -los de fe irracional en las siglas - más los sufragios reactivos contra el empuje derechista multiplicado por los electores cautivos -empresas contratadas, lazos familiares, red de favores… -creó las condiciones para, al margen de fases electorales, mantener el poder durante cuatro décadas. Ahora lo replica Sánchez en el conjunto nacional, con gran habilidad. Los ERTE -indefinidos, ya dijo la ministra -, subsidio de paro, ayudas directas a empresas, fondos europeos… todo ello debidamente propagado como generosidad de s Gobierno, como casi que lo pusiera de su propio bolsillo, se dirige a un volumen de electores una parte del cual en efecto se convertirá en voto siervo socialista. Al que hay que sumarle el habitual sufragio religioso, que pase lo que pase será para el PSOE porque es eso: suyo por fe. Al resultante debe adicionársele también el elector cautivo -viejos que votan al poder, sea cuál sea éste; el beneficiado con cargos y trabajos en empresas públicas en el ámbito nacional, regional, provincial y local; contratas oficiales … - más el efecto multiplicador de la familia de cada agraciado. Y aún hay que sumar asimismo la técnica de agitación y propaganda más apreciada por los estrategas socialistas: eso de que viene la ultraderecha. Táctica que no es sobrevenida, como podía tal vez suponerse, por Vox: recuérdese el doberman de 1996 contra el PP que usó el PSOE de González -si entre los lectores hay menores de 45, que lo busquen en Google, verán que esta técnica socialista es antigua -, lo de los siniestros obispos y resto de ultraderecha que usó el PSOE de Zapatero, lo de la ídem que no quería derechos sociales según el PSOE de Rubalcaba… Es la misma propaganda base desde hace 25 años, aunque cada vez se adapta, por supuesto. Y es muy efectiva. Lo ha sido hasta ahora, al menos.

En resumen: con esa estrategia electoral Sánchez se asegura un suficiente nivel de voto como para que su plataforma sea el primer partido del país en las próximas elecciones y tenerla en buena posición para serlo aún más allá. Y a diferencia de 2019, lo será con más distancia sobre el segundo partido de la izquierda, Podemos, con lo que reforzará muy mucho su posición negociadora para formar Gobierno. De hecho no tendrá alternativa posible: los nacionalistas siempre querrán un PSOE de Sánchez, que les regala los oídos, antes que a su única posible sustituta, la derecha. Es verdad que el PNV podría pactar sin despeinarse con el PP por muy apoyado por Vox que estuviera, si le pudiera sacar los cuartos. Pero con un PSOE al alza la capacidad de los vascos de formas moderadas de someter a Sánchez disminuye mucho, más aún porque el socialista alzaprima todo lo que puede a Bildu para limitar la fuerza peneuvista. Y con el voto creciente al PSOE y la imposibilidad práctica del resto de izquierda y nacionalismo de buscar alternativas, el panorama global resultante es que la opción de Sánchez de mantenerse en La Moncloa es muy alta, altísima de hecho. Sólo si Podemos actuara a lo Julio Anguita -un comunista delirante que, como todos, odiaba al PSOE y pactaba con el PP de Aznar contra el Gobierno de González – estaría en riesgo en verdad su posición presidencial, pero la extrema debilidad a la que ha condenado Pablo Iglesias a su partido hace difícil hoy por hoy -a medio plazo ya se verá – algo así. Por tanto todo sonríe a Sánchez.

Por su lado, el líder del PP se agarra a espejismos regionales como el andaluz, murciano -aún a costa, en este caso, de la decencia – y, tal vez, madrileño para mantener viva la esperanza de que puede batir al socialista. Pero son pactos de gobierno de difícil equilibrio que si bien le han dado las presidencias respectivas no son consecuencia de una potencia electoral que bata con claridad al PSOE, como sí hace Nuñez Feijóo en Galicia, el único territorio donde de veras el PP tiene músculo orgánico ganador, a la espera de qué pase en Madrid.

Así las cosas, las opciones reales de Casado de ganar La Moncloa son entre muy escasas e inexistentes. Pase lo que pase en Madrid. Ahora mismo su mejor opción de futuro es, como mucho, conseguir mantenerse al frente del PP. Y eso pasa porque Díaz Ayuso pierda la presidencia regional. Y que Sánchez avance las elecciones. Así él perdería otra vez, sin duda, pero al menos el PP no tendría una alternativa a su liderazgo durante otros cuatro años. Pero se agarra a la opción contraria, a que Ayuso gane. En cuyo caso tendrá en ella a la enterradora de su carrera política. Después de que, por las razones analizadas, Sánchez consiga el pasaporte electoral para otro mandato y de esta forma le dé la estocada final.