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España es un país peculiar. Tanto como que es el único que tiene un Gobierno con dos políticas exteriores, que además son contrapuestas. Originales que somos. Por un lado está el sector neocomunista con su agenda internacional extra oficial -y cuyo fondo exacto se desconoce pero que se relaciona con la dictadura comunista cubana y con los regímenes populistas de pseudo izquierda latinoamericana - , bajo la batuta del vicepresidente Pablo Iglesias.Por el otro está la diplomacia oficial, controlada por el PSOE. 

Esta extraña coexistencia se ha visto reflejada en la polémica causada por las declaraciones de Iglesias, rectificando a la ministra de Exteriores, Arancha González, cuando ésta recriminó la comparación hecha por su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, entre la represión que impone el Kremlin a los activistas demócratas y los presos independentistas catalanes. La ministra negó la existencia de presos políticos, loando la democracia patria, a lo que Iglesias contestó que en España “no hay plena normalidad política y democrática”, tal y como a su entender prueba que los líderes de los dos principales partidos separatistas catalanes estén “en la cárcel y en el exilio”. Lo cual mereció, a su vez, la invectiva de la vicepresidenta primera, Carmen Calvo, que aseguró estar “absolutamente” en contra de lo dicho por su compañero de gobierno, amén de asegurar que España goza de la “normalidad propia de un Estado de Derecho”. Más tarde la portavoz del Gobierno, también sector PSOE, María José Montero, se sumó al espectáculo asegurando que “España es una democracia plena” en la que “hay plena normalidad democrática” y no redundó más porque se contuvo. Y acto seguido tanto Iglesias como sus clones internáuticos coligieron que tanta crítica socialista y de derechas “prueban que es verdad” lo dicho por el vicepresidente.

Bien, hasta aquí el edificante festival. Uno más, cabría añadir. Marca de la casa. Pero hay más. Mucho más. Aunque Iglesias sea un tipo clásico de los que les gusta más una buena pelea – ideológica y política – que una comida, esta vez al menos hay que reconocerle que con su opinión discrepante de la línea oficial de Exteriores se alinea con la creciente opinión europea que ve en nuestro país a un estado escasamente democrático o, al menos, con fallas muy hondas en su Estado de Derecho.

No es baladí que la justicia belga diera -el ya comentado por servidor – brutal varapalo nada menos que al Tribunal Supremo español, al no aceptar la extradición del ex conseller de la Generalitat Lluís Puig, uno de los huidos a aquel país, con el argumento que no era el ámbito competente para juzgar aquellos hechos. Lo que augura una autopista de vergüenzas para nuestro país en los próximos meses y años en los diferentes ámbitos judiciales europeos, en especial en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH). Pero todavía es mucho peor que en los últimos meses las críticas a España por su escaso respeto a los derechos humanos -y ahora abstraigámonos de si es así o no –, que la justicia en Europa va dando por hecho, han empezado a trascender el espacio de los medios de comunicación y los tribunales para entrar en el político sin disimulos. Ya son: medio centenar de senadores franceses, un ministro belga, el ministro de Exteriores ruso, el primer ministro de Esvolenia, un grupo de parlamentarios estonios que han creado una comisión de estudio de la situación en Cataluña… Todos ellos, amén de diputados aislados de otros varios países, ya hablan sin tapujos de que la situación en España es de “escasa calidad” democrática, que hay“presos políticos”, que“no están asegurados los derechos fundamentales”... No, no son el primer ministro británico, ni la de Alemania, ni el presidente de los Estados Unidos o de Francia... Cierto. Pero el desprecio nacionalista español hacia la escasa relevancia de estas voces es engañosa. Algo se ha movido ahí afuera en contra de nuestro país. Algo que hace cuatro años era impensable, imposible. Es que ni siquiera en los más febriles delirios separatistas se llegaba a soñar con algo así. Ahora cada dos por tres se pueden leer – no en la democrática e independiente prensa de Madrid, por supuesto – declaraciones política de ese cariz. 

Habrá que ir aceptándolo. No es sólo Iglesias ni tampoco el pérfido ministro ruso. Quiérase asumir o no, si cada vez son más lo que nos ven así, el problema lo tenemos nosotros. Más claro resulta todavía si se mira, además de verlo, lo que dijo el TEDH sobre las que aquí se dieron por probadas injurias al monarca al quemar su fotografía dos independentistas catalanes, a los que se quiso encerrar por más de dos años: anulada la condena por atentar contra la libertad de expresión. El mismo camino siguen otros delitos imposibles en una democracia, como enaltecimiento del terrorismo y otros análogos que no pueden existir en una democracia plena. O lo de las amenazas en una canción -por bodrio que ésta sea – que sólo pueden creérselas personas que necesitan ayuda médica o bien sean jueces que se aferran a la literalidad de la ley por encima del mínimo sentido común.

Por muy cierto que sea que Iglesias no es precisamente un demócrata, no deja de tener razón cuando dice eso de que en España no hay “plenitud democrática”. Sí, es verdad que él lo asevera porque le interesa carcomer la democracia de nuestro país, como es de esperar que haga todo neocomunista que se precie, como lo mismo se le supone a sus hermanos neofascistas. No obstante, el hecho esencial es que en eso Iglesias tiene razón y que se hace flaco favor a la democracia impidiendo ver, a través de la fáctica censura de los medios arraigados en el sistema, esa carencia. Lo mejor sería suplirla de una vez. No esconderla. Que es lo que hacemos desde 1978. Va siendo hora de rectificar, si queremos recuperar el respeto y el prestigio ahí afuera.