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En los últimos ocho años, desde que se inició el actual proceso separatista catalán, España ha demostrado que no es capaz de abortar la potencial secesión. De ninguna forma. La élite política de la capital -y también por extensión la económica, mediática… - no comprende el fenómeno soberanista y no sabe cómo enfrentarse a él. No sale de “la ley es la ley”, como si hubiera habido algún proceso de segregación a partir de la ley del país roto. La ley nunca sirve para estos procesos. En ningún sitio ni en ningún momento de la historia. Pero en Madrid se mantienen impertérritos en su delirante ficción. Igual que en 1896 cuando el entonces presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas, escribía que la “provincia española” de Cuba “nunca” se segregará porque a España correspondía la “la ley y la razón” como, a su parecer, comprendían “las naciones civilizadas”. Así le fue. Talmente lo que dicen ahora los representantes del mismo Estado que no parecen haber aprendido nada de su propia historia. 

Esta incapacidad queda en evidencia viendo lo acontecido a lo largo de las últimas décadas. Nunca ese mismo Estado ha sabido contrarrestar el avance nacionalista. Su ceguera política ha sido absoluta. Por eso alimentó sin querer, pretendiendo hacer lo contrario, el movimiento rupturista. El cual fue desarrollándose durante decenios. Mucho más bajo la superficie que sobre ella. De manera que al mutar en separatismo a las claras, emergió de golpe todo su potencial que hasta la sazón era subterráneo. Y en Madrid se estremecieron ante la eclosión, sin entender nada, incluso fantaseando con la estupidez de que eran las élites catalanas nacionalistas las que se lo inventaban todo, talmente una impostura circunstancial - recuérdese el “suflé” de Mariano Rajoy – sin base social que buscase mejoras en esencia económicas para la Generalidad. Resulta difícil creer que en efecto fueran tan torpes. Pero sí, lo fueron. Me le confesó un ex muy alto cargo del PP balear. En cierta ocasión lo convocaron a una reunión con la mano derecha de la entonces todopoderosa vicepresidenta Soraya Sáenz. Estaba él y un puñado más de personas conservadoras que en el Madrid conservador eran tenidas por conocedoras del fenómeno nacionalista. El objetivo era analizar las posibles estrategias de respuesta al desafío soberanista. No me dio muchos detalles pero me resumió así la cosa: “no entienden nada y lo que es peor: creen entenderlo todo; no puede salir bien”. Era antes de 2017. Los hechos posteriores le dieron la razón. 

Las cosas no mejoraron luego. Al contrario. Salieron más que mal. Lo del fantasmagórico “referéndum” fue una brillante puesta en escena para probar la respuesta española. Los ‘indepes’ pueden ser lo que se quiera, pero tontos no son. Y sabían que aquello no era ninguna consulta ni valdría como tal. De lo que se trataba era de montar una enorme provocación para forzar la respuesta policial violenta para así ganar enteros ante el mundo. Lo consiguieron. Desde entonces despiertan simpatía en medios de comunicación, políticos, empresarios... No en gobiernos, claro: ninguno jamás alentará a las claras nada para romper un país aliado. Otra cosa es si se rompiera, que a la sazón no serían pocos los que reconocerían al nuevo estado, aunque en Madrid fantaseen con que eso no puede pasar porque existe una especie de designio divino que lo impediría. El mismo delirio, exacto, que el de Cánovas con Cuba .Pero dejemos ahora esto y volvamos a la cuestión. El 1 de octubre de 2017 los secesionistas probaron que ante un gobierno español de mayoría absoluta del PP podían romper la legalidad, que vencían a sus servicios de inteligencia -antológico ridículo, el del CNI y demás organizaciones de espionaje-al no saber detectar la especie de urnas – y, más importante, comprobaron que Madrid se acobardaba cuando a mediodía ordenaba el repliegue de la policía y Guardia Civil. 

Desde entonces el movimiento no hace más que ganar enteros ante el mundo. La vergonzosa actitud del Tribunal Supremo en la instrucción y juicio a los líderes secesionistas ha hecho más daño a España por ahí afuera que cualquier campaña de propaganda antiespañola de los ‘indepes’. Y no hablemos ya de la familia Borbón, padre e hijo, que hacen todo lo posible por ayudar a los separatistas. No sólo el sinvergüenza del viejo -catalogación confesada al dejar claro que no pagó lo debido a Hacienda - sino por la incapacidad del más joven: véase lo que dice el París Match a mediados de este diciembre 2020 del “preparao” que está resultando un desastre sin paliativos, que por supuesto los medios patrios hacen cómo si no lo vieran.

El poderío separatista y la debilidad española es tal que en estos momentos ya no existe ni la más remota posibilidad de que Madrid aborte con la ley ni, mucho menos, con violencia legal otro desafío ilegal que tenga, al contrario del anterior, de veras la intención de romper España. Si hubiera fuerza legal hasta donde fuera necesaria para doblegar la voluntad segregacionista, la intervención de la Unión Europea estaría garantizada. Ya no sería, como en 2017, un “asunto interno”. Mientras, la fantasía de la élite de la meseta central se cree alimentada por la cárcel y huida de los dirigentes separatistas, como si esto no fuera un resorte propagandístico fabuloso para los separatistas. 

Así las cosas, si todo les va de cara, ¿qué es lo que está parando a los secesionistas? Pues sólo hay un razón que actúa a modo de lastre que está evitando la la culminación de la independencia. Ellos mismos. Debido a Pedro Sánchez. Así es: el fascinante personaje que habita en La Moncloa, gracias a su falta de principios e ideología ha imantado a ERC hasta el punto de ponerla en situación de evidente ruptura con Junts per Catalunya. En efecto, la única razón que puede aplazar -nunca solucionar, pues no existe solución– la ruptura española es la divergencia estratégica entre los tres grupos ‘indepes’. Mientras que ERC siga con su colaboración con Sánchez, tanto Junts como la CUP no tendrán fuerza suficiente para nada. Para propaganda, a lo sumo.

Si luego de las futuras elecciones catalanas, que deberían celebrarse el 14 de febrero de 2021, ERC pacta con el PSOE y Podemos la formación del tan comentado potencial nuevo tripartito catalán, a través del PSC y los “colaus”, respectivamente, la independencia recibirá un golpe duro, vía su aplazamiento sin día. Cierto es que no quedaría desvanecida pues el gobierno catalán estaría presidido por una ERC que incrementaría como nunca la inversión del dinero público en el proceso de erradicación de todo lo español en Cataluña, con el objetivo último de ampliar la base social -tal y como dicen en público sus líderes – para que cuando se plantee la ruptura ésta sea avalada por una fuerte mayoría ciudadana que haga imposible evitarla, excepto por la fuerza que no se dará. No obstante, la segregación a corto plazo -2, 5 años… - se olvidaría y se fiaría más o menos a un decenio vista.

Ahora bien, entra dentro de lo posible también que ERC se acobarde -en este diciembre ya da síntomas de tal cosa, el último: que sus máximos dirigentes digan que el susodicho tripartito “es imposible” – y que al final, tras dos años de preparar el terreno para el pacto con el PSOE, de nuevo opte por el acuerdo con su odiado Carles Puigdemont y de una forma u otra comparta con él otra vez el gobierno catalán. Una cantidad de votos separatistas por encima del 50% de los válidos emitidos casi obligaría a esa opción. En ese caso el calendario se acortaría. Si presidiera el gobierno Junts la ruptura estaría cercana. Si fuera ERC, más lejana pero no tanto como si se coaligara con los “colaus” y los de Miquel Iceta.

Esperemos acontecimientos. De momento, diciembre de 2020, tras dos años de estrecha colaboración de Sánchez con ERC, se puede constatar que se ha llegado al punto en el que España está más cerca que nunca -que nunca en estos últimos ocho años, claro - no de una imposible solución del conflicto catalán pero sí de una salida que al menos permita adormecer durante unos pocos años el morrocotudo problema. Con la obvia idea del presidente que cuando rebrote la cosa, él ya no esté en La Moncloa y que su sucesor se las apañe cómo quiera, pueda o le dejen.