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La cálida y unánime ovación del Bundestag a la ya excanciller Angela Merkel fue este miércoles el punto de partida del mandato del socialdemócrata Olaf Scholz al frente de la Cancillería alemana. Se cerró, por tanto, una larga etapa de dieciséis años en la que el país ha marcado las grandes decisiones de las instituciones europeas. El mandato de Scholz viene marcado por una compleja coalición llamada semáforo del SPD con Los Verdes y el Partido Democrático Libre, que ha permitido el regreso al poder de los socialistas tras el largo paréntesis conservador de Merkel cuando se impuso a Gerard Schroeder.

Retos inmediatos.

Scholz llega a la Cancillería en unos momentos muy delicados para Alemania. La pandemia de la COVID-19 se está cebando de nuevo en el país debido, en buena medida, a las bajas tasas de vacunación que registra. Es una circunstancia que comparte con buena parte de los países centroeuropeos y balcánicos. Además, el nuevo canciller tiene sobre la mesa el conflicto latente en Ucrania, con la amenaza de una invasión de Rusia que puede comprometer la llegada del gas natural. No hay en el capítulo de política exterior ningún cambio radical a la vista. La transición entre Merkel y Scholz en todos los foros internacionales se ha demostrado fluida y sin contratiempos.

Transición tranquila.

La gestión de la nueva mayoría parlamentaria es uno de los aspectos que genera más incertidumbre con respecto al futuro de Olaf Scholz, todo lo contrario a la orientación política que pretende imprimir, ya que él ocupó la cartera de Finanzas y fue el número dos con la cancillera Merkel. Con todo, la expectación resulta inevitable por cuanto cualquier movimiento de Alemania tiene sus consecuencias inmediatas en la Unión Europea; en especial en el terreno económico, además de en el plano personal sobre cómo logrará diluir el enorme peso de la figura de su predecesora en el cargo.