La primera parada fue para ver a Iria, su hijo y su marido, desahuciados, que viven en un centro de acogida.

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Se llaman Timothy y Julián Stadler (son hermanos) y Pau Alguersuari Rubí, alumnos de los colegios Palma College, el primero, BIC, el segundo, y un colegio de Inglaterra, el tercero. Son tres chavales, además de buenos estudiantes, a quienes no les falta de nada, pero que saben que no todos tiene la misma suerte que ellos. Por ello han decidido destinar sus ahorros –mil quinientos euros entre los tres–, que han repartido entre otros tantos sobres, a razón de quinientos en cada uno.

La madre de dos de ellos, Heidi Stadler, que se los llevó hace cinco o seis años a colas del hambre para que vieran que no todo el mundo tiene su misma suerte, dejando en una de ellas el dinero que su abuelo les había dado por Navidad, ha sido, digamos, la artífice de lo que os voy a contar a continuación. «Los chicos –nos dice– han decidido entregar su dinero a la gente que no tiene, pero no saben a quién… ¿Los puedes poner en contacto con personas necesitadas?». Le dijimos que sí.

En el centro de acogida

La primera visita que hacemos es al centro de acogida que hay en el polígono. Ahí están viviendo desde hace unos días –tuvieron que abandonar la casa donde vivían por un desahucio– y durante dos meses, Iría Nocada, su hijo y su marido. De este caso os informé la pasada semana. De verdad que los pillamos por sorpresa, porque ninguno de los tres tenía ni idea de lo que iba a pasar. Sí, porque se podían imaginar cualquier cosa menos que tres chavales les entregaran un sobre con quinientos euros «para que os los gastéis en lo que más necesitéis». El marido se quedó sin habla, al hijo, que padece un nivel bajo de autismo, se le atrancó la sonrisa en la boca viendo la cara de sorpresa de este y las lágrimas que se le escapaban a su madre, abrazando a cada uno de los jóvenes, a quienes la emoción del momento les había atrapado y paralizado. Heidi, en un segundo plano, trataba de disimular una lágrima que se deslizaba por su mejilla…

En el párking

La segunda parada la hicimos en la plaza del Rosselló. En el suelo de la entrada al párking, junto al ascensor, duermen desde hace tres meses tres hombres y una mujer. Los despertamos. Cuando les explicamos el motivo de nuestra visita, se quedan a verlas venir… Hasta que uno de los chavales les entrega el sobre con el dinero. La mujer, que es quien los recibe, mira el sobre y mira a los chicos, como preguntándose… «¿Para nosotros?». Sí, le dice uno de ellos. La mujer interroga otra vez con la mirada a los hombres, luego mira hacia arriba, como buscando una cámara oculta, y por último mira a los chavales… El silencio es total… Como nadie habla, les decimos que es dinero suyo –señalamos a los chavales–, para sus gastos, «pero prefieren repartirlo entre los que no tienen nada».

La mujer, vestida de negro, delgada como una caña, y con el pelo corto y blanco, avanza unos pasos y se abraza a uno de los chicos, luego a los otros… Ya no puede contener las lágrimas. Los jóvenes enmudecen… Igual que los tres hombres. Y es que a veces el silencio es la mejor forma de dar la gracias.

Luego les habla de ellos, de su situación. Ella les muestra uno de sus brazos lleno de costras. «Lo pillé en un albergue, durante un tiempo que estuve allí…». Más tarde les contaron que si viven en la calle es porque las condiciones en que están los albergues no son las mejores. «Aunque tampoco es fácil vivir aquí –les dice otro, señalando el colchón en el que duerme, sobre el que reposa la manta bajo la cual tiene un palo–. Es porque por la noche vienen a robarnos, y cuando eso pasa, saco el palo. Porque a nosotros también nos roban…».

A los chavales les ha causado una gran impresión haberlos encontrado durmiendo bajo una manta, o que una mujer, con VIH, esté en la calle, o que prefieran vivir en ella y no en un albergue… O que les quieran robar…

En la vieja cárcel

Última parada. Vieja cárcel de Palma. Allí le entregamos a Josefa, que con su marido, y sus dos gatos, lleva viviendo desde hace más de tres años en una pequeña dependencia que utilizaron los funcionarios cuando había actividad en el establecimiento, hoy rodeado de basura por todas partes, lo cual nos causa un gran impacto. Josefa nos presenta a una vecina, pues en el lugar viven unas veinte personas, que a su vez nos muestra su casa… ¿Los chicos…? Flipan. Seguramente porque no entienden cómo se puede vivir en un lugar tan indigno como este… «Al tener poco dinero, no podemos pagar el alquiler de una casa, ni siquiera de una habitación. Por eso estamos aquí, sin luz, sin agua, que vamos a buscar con garrafas a una fuente. Tampoco pasa Emaya a retirar la basura… Como si no existiéramos».

Otro de los chicos les entrega el sobre. «Para que celebréis la Nochebuena», les dice. Las dos mujeres se abrazan a ellos. Los jóvenes, que a lo largo de la mañana han tenido dos contactos con la más absoluta pobreza, están impresionados por el lugar en sí: una vieja cárcel, con porquería por todas partes, seguramente refugio de ratas... Heidi se emociona viendo a los chicos impactados por el efecto que ha producido su acto en personas que no tienen nada. Y estos por tocar una realidad de la que apenas tenían conocimiento, pero que, sin embargo, está ahí.