La sangre de los antiguos héroes vikingos corría por las venas de la fuerza militar más destructiva de toda la edad media en Europa. En la imagen, los protagonistas de la aclamada producción 'Vikings'. | Redacción Digital

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La historia de Mallorca está plagada de episodios reseñables, dignos de estudiarse con cariño y detenimiento. Algunos atesoran tanto 'jugo' que a buen seguro darían para argumentos de varias temporadas de una superproducción de éxito mundial en las populares plataformas digitales audiovisuales que todos consumimos. La vida de Robert d'Aguiló es sin duda una de esas. Hoy nos aproximaremos a la historia de un guerrero con sangre vikinga en sus venas que se coronó príncipe en la Península Ibérica. Un príncipe cuyo legado fue borrado de la faz de la tierra por un crimen tan horrendo como entendible, en una era como el medievo en la que la violencia marcaba el día a día. Un príncipe con raíces vikingas cuyo linaje acabó sus días marginado, olvidado en un reino extranjero y rodeado de infieles en una Isla en mitad del Mediterráneo occidental. ¿Adivinan cuál?

Antes de entrar en materia, una advertencia: ojo con el revisionismo histórico. Los historiadores suelen observar que no tiene mucho sentido catalogar los hechos de hace casi mil años según la mirada que de las cosas tenemos en pleno siglo XXI. El aviso a navegantes se antoja necesario con respecto a ese delito mencionado a vuelapluma, que propició la caída en desgracia de los herederos de un prohombre y victorioso caudillo con orígenes escandinavos, famoso por hacer carrera y fortuna combatiendo a los sarracenos en el convulso siglo XII. De hacerlo sería un error de bulto y nos perderíamos matices relevantes. Pero ese es el final de la historia. Conviene empezar por el principio.

Por tradición este personaje histórico ha llegado a nosotros con el nombre de Robert d'Aguiló y no debemos confundirlo con su hijo homónimo. Del progenitor se han conocido otros tantos sobrenombres. Así, Robert d'Aculley, de Culley o Colei nació en una villa normanda en el área que hoy corresponde con Orne en algún momento del año 1100. En el departamento francés actual todavía lucen en su escudo heráldico los leones normandos, los mismos que tal vez ondearan en las banderolas de nuestro capitán, y aquellos que casi un siglo después adornaron los estandartes de un tal Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra y duque de Normandía.

Robert d'Aguiló despuntó pronto con la espada y su valor en combate le distinguió entre su pueblo. No hay que olvidar que los normandos, vikingos puros y duros que se establecieron en la costa francesa frente al Canal de la Mancha desde alrededor del año 900, habían ido arrinconando sus viejos ídolos paganos y en masa adoptaron el cristianismo como religión principal. Sin embargo ello no hizo disminuir un ápice su belicosidad característica con respecto a la de sus ancestros, que se encomendaban a la batalla por Odín deseando que su valor les hiciera acreedores del Valhalla. Todavía se les consideraba la élite militar de la época, como acreditan sus profusas y bien documentadas incursiones contra el mundo musulmán, como las veces que Björn Ragnarsson y sus descendientes ‘visitaron’ las Islas Baleares para hacerse con un sustancial botín.

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Las tropas normandas se desplegaron con profusión por el Mediterráneo. En un momento dado controlaban todo el sur de la península itálica, Sicilia y Antioquía, uno de los reinos cristianos de Tierra Santa establecidos durante la Primera Cruzada. Foto: Redacción Menorca.

En cualquier caso, el periplo de aventuras y guerras y su búsqueda de riquezas llevó al caballero Robert d'Aguiló a comandar un ejército en nombre del también normando conde Rotró de Perché, primo de Alfonso I de Aragón, conocido con el apodo de El Batallador, y a desplazarse desde su patria hasta el norte de la Península Ibérica. Primero luchó en las tierras de frontera aragonesas, y siendo apenas un veinteañero lo nombraron gobernador de Tudela, ciudad apresada pocos años antes a las huestes almorávides, en representación de los mencionados Rotró de Perché y Alfonso I. Además de buen guerrero y cabal, el caballero Robert d'Aguiló tenía buenas relaciones e influencias en distintas esferas. Este punto a la postre será determinante.

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Sea como fuere sus méritos debió hacer para que pocos años después, concretamente el 14 de marzo de 1129, el obispo de Barcelona conocido como Sant Oleguer –en el desempeño de sus funciones interinas de arzobispo de Tarragona– le cediera la autoridad secular sobre una importante porción de tierra arrancada al Islam. Con el título de Tarraconensis princeps –Príncipe de Tarragona– se le encomendó la misión de pacificar la ciudad y alrededores, además de mantener la seguridad de los repobladores cristianos; a algunos los había convencido él en persona para que se instalaran en la nueva tierra, tratando de rescatar de la oscuridad a la antigua Tarraco; antaño uno de los epicentros de la Roma imperial era en el primer tercio del siglo XII una capital decadente y plagada de carencias. Su trabajo fue arduo y en pago recibió en propiedad buena parte de las tierras del Camp de Tarragona, tierras conquistadas por el empuje expansionista hacia el sur del conde de Barcelona Ramon Berenguer III y continuado por su hijo, Ramon Berenguer IV, con quien algunos identifican vínculos familiares que explicarían la promoción del caballero normando con estatus nobiliario, dado que se mantuvo en esa responsabilidad de Tarraconensis princeps más de veinte años, hasta el 1153.

Administrar y gobernar no se le daban mal aunque como a todo buen normando lo que le daba la vida era entrar en combate para así apresar suculentos botines, tierras y riquezas. De tal modo en 1133 apoyó con su propio ejército al monarca aragonés en su ansia de extender sus dominios en Mequinenza y Fraga, ambos enclaves en lo que actualmente se denomina la Franja de Ponent, administrativamente perteneciente a la provincia de Zaragoza. Es precisamente en esa empresa en la cual el monje benedictino Orderic Vital, destacado cronista inglés de la época responsable de la Historia Ecclesiastica, menciona que con su liderazgo las tropas cristianas repelieron un ataque almorávide contra el sitio de Fraga. Hay que señalar que Vital es un cronista especialista en los hechos más destacados de las gentes normandas y anglonormandas, y es de hecho el autor que localiza el lugar de nacimiento de este héroe de origen vikingo, que posteriormente se casó con Agnés Sibylla, con quien tuvo cuatro hijos varones: Guillem, Robert, Ricard, y Berenguer.

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Celebración popular en tierras gallegas que recuerda los ataques normandos y vikingos en la costa pontevedresa reinterpretados en clave actual y festiva. Foto: Efe.

Su primogénito siguió su estela en el ejercicio de las tareas de gobierno de Tarragona y toda la región, asesorando y ayudando en la sombra a su padre. A la muerte del patriarca su vástago se vio obligado a renunciar al título de Príncipe de Tarragona, por desavenencias con la nobleza catalana, pero de facto continuó al frente de la ciudad por un tiempo más. Tras este movimiento se perciben los primeros signos de lo que llegará a partir de 1163, cuando la sintonía de la familia d'Aguiló con el restaurado arzobispado de Tarragona se deterioró definitivamente con el nombramiento de Hug de Cervelló. Fue tal la enemistad desde el inicio del alto clérigo con la poderosa familia con raíces vikingas que los expertos mencionan que incluso el rey se desplazó en persona a Tarragona, para mediar infructuosamente entre las partes. Cuando hubo de posicionarse no lo hizo con los Aguiló, a pesar de que Hug de Cervelló no quedó del todo complacido.

Los hechos de calado nos trasladan a 1168, cuando el primogénito de Robert d'Aguiló, de nombre Guillem, es asesinado en el marco de la confrontación entre la viuda del gobernador normando de Tarragona y sus hijos con el arzobispo de rancio abolengo. Rápidamente los herederos supervivientes del príncipe identificaron a Hug de Cervelló como la mano siniestra que había ordenado asesinar a su rival por el poder territorial, y algunas fuentes mencionan que la enemistad venía de una generación atrás. Cuando su madre dejó este mundo los hermanos del asesinado Guillem d'Aguiló tomaron una determinación: se tomarían la justicia por su mano. Algunas fuentes varían en quién de los tres fue la mano ejecutora, pero coinciden en relatar que un domingo de abril del año 1171 los herederos del noble irrumpieron en la primitiva basílica de Tarragona durante la misa y degollaron al arzobispo sobre el altar mayor causando un espanto generalizado.

Imagínense la algarabía suscitada y los efectos que tuvo tal escándalo en la timorata e iletrada sociedad de la época. Recordemos que el conde de Barcelona tenía vínculos familiares con la familia de raíces vikingas que durante décadas había administrado la Tarragona reconquistada a los musulmanes. Para no agrandar la mácula Ramon Berenguer IV decidió perdonarles la vida y, a cambio, confiscar todos sus bienes y posesiones y concederles un discreto exilio en el vecino reino islámico de Madina Mayurqa, despojándoles de los títulos y tierras que hasta la fecha atesoraron. Hasta la Isla de Mallorca viajaron los hijos de Robert d'Aguiló y en la mayor de las Baleares se les pierde la pista. Nadie sabe a ciencia cierta qué fue de ellos, ni dónde descansan sus restos mortales aunque bien es cierto que al hijo del asesinado Guillem d'Aguiló le restituirían años después algunos derechos, sobre posesiones relativamente menores en las comarcas del Penedès y el Garraf.

Tras los escabrosos hechos de la catedral nunca más se nombró a nadie Príncipe de Tarragona. Algunos dicen que con la desaparición de la poderosa familia con raíces normandas la ciudad perdió la oportunidad de convertirse en un señorío con entidad propia, algo así como «la Andorra del Mediterráneo o el Mónaco catalán», y acabó fagocitado por la casa de Barcelona. Curiosamente, algunas décadas después llegaría la Conquesta de Mallorca de la mano de las tropas catalanas del Rei en Jaume, cuya armada partió en buena medida de los puertos tarraconenses del Garraf. Tras la reconquista, y gracias a lo dispuesto en la Carta de Franquesa, muchas gentes del Camp de Tarragona llegaron a Mallorca para repoblarla. Allí tal vez se encontraran sin saberlo con algún descendiente del príncipe vikingo Robert d'Aguiló, antiguo señor de sus antepasados.