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En el año 2006, no recordamos en qué mes, descubrimos que una mallorquina llamada María Galera vivía en Kabul con su marido, Nasrad, y sus dos hijos, Abdullah y Nuria.
A través de infinitas gestiones, localizamos a su hermana, Rafi, que por entonces vivía en el Coll d’en Rabassa, y trabajaba en un bar de la barriada, All i pebre, si mal no recordamos.

Localizamos a su hermana

Entrevistamos a Rafi, que nos pasó fotos de su hermana y sus sobrinos. Nos contó que lo estaban pasando muy mal. Que la vida en Kabul, con los talibanes de por medio, era difícil y complicada, y más sin apenas contar con recursos, como les pasaba a ellos, pues el marido estaba en el paro –allí, estar en el paro, significa estar sin trabajo, sin cobrar, ¡sin nada!–, mientras que ella, en estado avanzado de gestación, lavaba la ropa de los vecinos, por lo que no cobraba ni 50 euros, puesto que por el resto, recibía especies, patatas y legumbres, pero nunca carne…

Como Rafi también nos facilitó su móvil, la llamamos. Al tercer o cuarto intento, pudimos hablar con ella. La escuchábamos como si la tuviéramos al lado, sin embargo, estaba a más de 7.000 kilómetros.

Entre otras muchas cosas, María nos contó que llevaba el burka puesto «por protección, ya que con él no me ve nadie la cara, por tanto paso por ser una de ellas». Y sobre ellas nos dijo que con aquel régimen, las mujeres no pintaban nada.

¿A cuánto ascendía el precio...?

Tras la publicación de la noticia en este diario, se nos ocurrió dar un paso más: traerla a Mallorca. O mejor, traer a los cuatro. Marido, hijos y ella... Aunque eso no era fácil. Porque podíamos saber lo que podrían costar los cuatro billetes, pero ignorábamos qué ‘mordida’ tendríamos que pagar, a modo de visado de salida, al talibán, o talibanes, que los gestionaran. Porque salir de Kabul por entonces no solo era cuestión de ver si tenías el pasaporte en regla, y una vez comprobado que sí, sacar un billete de clase turista, ver a cuánto ascendía el visado, y pagarlo, acudir al aeropuerto, pasar los controles, subirte al avión... No, salir de allí era mucho más complicado, sobre todo tratándose de afganos.

La ayuda de Tolo Cursach

Así que seguimos indagando. El precio del viaje lo supimos, pues consultamos en una agencia y nos lo facilitó, pero, ¿y lo otro? En otra conversación que mantuvimos con María, nos dijo que lo importante era tener el pasaporte, que lo tenían, y pagar un visado, que ascendía a mucho menos de lo que imaginábamos.

En esas estábamos cuando un buen día nos cruzamos con Tolo Cursach, quien años atrás había apoyado la causa de Joaquín José Martínez, el español condenado a muerte en Starke (Florida), aportando una buena cantidad de dinero para pagar a su abogado. Eso, y también ceder la discoteca Tito’s para celebrar un festival de música, en el que los músicos actuaron gratuitamente, todo a beneficio de Martínez. También, con anterioridad a esto, Tolo, a estancias nuestras, le entregó una cantidad de dinero a una abuela para que pudiera operar de la vista a su nieta, porque si no lo hacía, se quedaría ciega. Esa historia, que nos había contado la abuela antes, una vez que la verificamos debidamente, se la comentamos a Tolo, que corrió con el gasto de la operación.

«¿Y cuánto dinero necesitáis para traer a esta familia?», nos preguntó Cursach, tras escucharnos. «Pongamos que unos cinco mil euros». Sin siquiera pestañear, nos dijo que bueno, que habláramos con Tolo Sbert, que él solucionaría el problema. Y así fue. Porque una semana después, María y sus dos hijos llegaron a Palma, mientras que Nasrad lo haría quince días más tarde.

Salimos a su encuentro

Con Julián Aguirre fuimos a recibirlos a Barcelona. Nos acompañó Rafi, que llevaba unos juguetes para los críos.

Llegaban desde Viena, tras una escala en Dubái. Ella vestía como en Kabul, pero sin burca, y llevaba cogidos de la mano a sus dos hijos. Tras pasar la aduana y recoger las maletas, nos sentamos en un bar, a charlar. Le pedimos al camarero magdalenas, croisants, laccaos, cafés con leche… ¡Y un montón de cosas más!, que los niños, primero con cierta timidez, y luego completamente desinhibidos, se comieron en un pis pas. Seguro que de eso no habían comido nunca. Ni tampoco tan tranquilos.

María, de quien posteriormente escribieron un libro contando su vida, Un burka por amor, y del que más tarde se hizo una serie en televisión, nos dijo que tenía algunas ilusiones, concretamente tres. Y que le gustaría que se hicieran reales: tener una casa, aunque fuera de alquiler, encontrar un trabajo, y que sus hijos pudiera ir a donde quisieran. Que fueran libres, vamos.

Sin contacto

Desde entonces a hoy han transcurrido 16 años. Sabemos que ella trabajó, entre otros sitios, en una conocida red de pastelerías, que su marido lo hizo en los astilleros y… Pues que habiéndole perdido la pista –porque también ha cambiado de número de móvil–, y a pesar de que les hemos buscado y preguntado por ellos en muchos sitios, incluso hemos intentado localizar a su hermana, Rafi –pero el bar en el que trabajaba ya no está–, no ha sido posible contactar con ella y… Pues que lo vamos a seguir intentando, ya que nos gustaría encontrarlos para ver como están y saber si se han cumplido los tres deseos de María.

Por eso, ¡María, llámanos!