En el siglo XVI, el pavo fue un producto de lujo que pocos podían disfrutar. Carlos V y Felipe IV fueron algunos de los privilegiados

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Se aproximan las comidas y las cenas navideñas y a excepción de algunos, en una mesa española durante estas fechas no falta el jamón, los langostinos, las croquetas y los pinchos de salmón ahumado. Cada casa es un mundo pero quien más quien menos suele comer lo mismo, aunque cada vez más el pavo relleno le está ganado terreno al popular cochinillo asado.

El pavo que conocemos y su elaboración se remonta a los Aztecas, aunque el nombre con el que comúnmente se conoce al pavo es Guajolote que proviene de la lengua náhuatl y el significado a día de hoy sigue sin estar del todo claro. Algunas fuentes indican que entre la variedad de sus posibles significados podemos encontrar: Monstruo de agua, payaso de la selva o payaso del agua, y en la época de los Mayas el Guajalote se consideraba un animal sagrado, lo relacionaban con el Dios Tezcatlipoca y el Dios Sol.

El ave fue uno de los primeros animales en cruzar el Atlántico, llegando a nuestro país de la mano de los conquistadores españoles, concretamente de los jesuitas, y poco a poco fue ganando una enorme popularidad entre la realeza y la nobleza debido a su exquisitez.

Por su origen exótico y su deliciosa carne fue considerado un producto de lujo que pocos podían degustar; uno de los privilegiados fue Carlos V, el pavo fue el protagonista en el menú de su coronación como emperador en Bolonia en 1530. Años después apareció en el recetario del cocinero papal Bartolomeo Scappi y en 1611 figuraba en el menú de Navidad del cocinero del rey Felipe IV.

El ave también fue el alimento de los colonos ingleses que desembarcaron en Massachusetts el último jueves de noviembre de 1621, dando inicio al Día de Acción de Gracias, fiesta que se celebra por todo lo alto en Estados Unidos y Canadá y en la que es tradición cenar pavo relleno. Una costumbre que se fue extendiendo por América y México en la década de los 40 debido al exceso de crianza durante la temporada de invierno.

Entre las poblaciones menos adineradas de Europa y América la fama del pavo corrió como la pólvora, ya que se trata de un ave de gran tamaño y su tiempo de engorde es menos al de otro tipo de aves como los gansos, pudiendo llegar a los 10 kg.

La manera de prepararlo y guisarlo en Navidad viene de la población cristiana que desde el siglo XVI se afincó en México. Esta población era una amplia mayoría y, al ser la Navidad su mayor día de fiesta, se fue creando la costumbre popular de preparar el manjar más delicioso para disfrutarlo y compartirlo con toda la familia, como se acostumbra hasta la fecha. Pues bien, si se decide cocinar un pavo relleno por estas Navidades estará asegurado un menú delicioso y muy nutritivo, y además, si en el último momento se une más familia y amigos no habrá escasez.

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Una receta fácil:

Ingredientes:

- 1 pavo grande, de 4 kilos aproximadamente.
- 1/2 kilo de magro de cerdo picado.
- 200 g de cebolla.
- 200 g de ciruelas pasas.
- 100 g de miga de pan.
- 1 vaso de leche.
- 100 cl de vino de Jerez.
- 200 ml de vino blanco.
- Sal.

Elaboración:

Lo primero de todo hay que deshuesar el ave por el espinazo, es importante no quebrar la piel.

Por otro lado, hay que dejar las ciruelas pasas macerando con el vino de Jerez durante una hora, para que cojan sabor. Seguidamente se pica la cebolla para sofreírla a fuego lento con un poco de aceite de oliva.

Se mezclan todos los ingredientes, junto con el magro de cerdo, sazonando con un poco de sal y pimienta, y se rellena el pavo. Precalentamos el horno a una temperatura de 180ºC.
Acto seguido se cose la piel del pavo y se unta con aceite de oliva.

Metemos el pavo al horno durante dos horas a 180ºC. Es importante cada 15 o 20 minutos, regar el ave con el jugo que suelta pare evitar que se reseque.