Los palomos se pintan según los colores que identifican al criador y al ejemplar. La marca del primero va bajo las alas y permite a los jueces puntuar su vuelo desde tierra. En la parte superior están los colores de cada individuo. | Jaume Munar

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El espectáculo es difícil de imaginar si no se contempla en directo: un centenar de palomos, pintados con las más variadas combinaciones de colores, siguen durante horas a una paloma. Su objetivo es no separarse de ella, seguir sus pasos, sus evoluciones por el cielo, meterse en los mismos estrechos huecos o posarse en las mismas ramas. La recompensa será para los ejemplares más fieles, que más ciegamente sigan a la paloma en todo momento.

Son los coloms de pica, una raza creada para llevar hasta el extremo la persecución de su objetivo y cuyos aficionados se incluyen en la denominada colombicultura, una actividad que hunde sus raíces en la Edad Media y que fue introducida por los árabes, cuando ya se realizaban competiciones de este tipo. El colombicultor es el encargado de criar a estos palomos, así como de seleccionarlos y entrenarlos para la competición.

«Los colores con los que se pinta a los palomos responden a dos razones», relata Pedro Adrover, vicepresidente de la Federación Balear de Colombicultura. «Bajo las alas los colores identifican a cada criador, mientras que en cima de estas identifican al ejemplar», explica. Adrover es, junto al presidente de la Federación, José Manuel Astorga, el responsable de este deporte en las Islas y, como no podría ser de otra forma, habla de él con pasión. «En Mallorca somos unos 80 criadores y cada uno de nosotros puede tener cientos de ejemplares». Santa Eugènia, s’Estanyol, Santa Maria del Camí, Pòrtol y Palma tienen sociedades de colombicultura y organizan competiciones muy a menudo. Estas se dividen en 6 pruebas de 2 horas de duración. La paloma y sus perseguidores se sueltan hacia las 4 o las 5 de la tarde y durante esas dos horas además de por los criadores son seguidos por los jueces de la competición (el de terraza y el de campo) que vigilan todos los movimientos de las aves y van puntuando los distintos lances que se pueden valorar y que formarán parte de la puntuación final de la competición. La zona donde se desarrolla la prueba se denomina ‘campo de vuelo’ y se busca que tenga edificaciones y arbolado suficiente.

La tecnología ha ayudado mucho a este deporte, ya sea con el emisor que lleva la paloma y que permite que pueda ser localizada en todo momento, o con el uso de equipos de radar para el seguimiento de la bandada. Las pruebas son frenéticas, con los criadores siguiendo por cualquier lugar imaginable su evolución, en la que pueden participar un máximo de 100 ejemplares.

«El colom de pica es un ave de mucho celo, siente pasión por la paloma y la sigue a cualquier lado» añade Adrover, relatando también como la actividad está ahora en un periodo de expansión y difusión, con incluso charlas en escuelas para darla a conocer.

La pandemia también ha afectado a la colombicultura, ya que la celebración de campeonatos a nivel estatal ha quedado paralizada, aunque en la Isla ha podido seguir la actividad.

Un ave criada, seleccionada y entrenada para la competición

Los ‘coloms de pica’ son aves de porte elegante. Sus características físicas han de ser el buen tamaño, aunque no demasiado grande, el celo por la hembra y una gran resistencia física al vuelo, que se puede prolongar durante las dos horas de la competición. También es importante una buena inteligencia en el animal, que ha de recordar todos los lugares por los que ha pasado la paloma en caso de que la pierda y tenga que buscarla en el extenso ‘campo de vuelo’ donde se desarrollan las pruebas de competición.