Miquel y su madre Miquela, en el centro de día Fontsana. | Pilar Pellicer

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Todo comenzó con pequeños olvidos. Primero las cosas insignificantes, luego las citas y finalmente el día a día. Miquela Mas tiene 72 años y durante diez cuidó de su marido. Anteayer fue su cumpleaños. Hubiese cumplido 77, pero la enfermedad del olvido le arrebató la vida hace ya seis años. El Alzheimer es una palabra muy familiar para Miquela. Hoy es el Día Mundial de esta enfermedad y reconoce que «lo más duro es saber que nunca se curarán, que, como cuidadora, no puedes hacer nada».

Miquela tuvo agallas para que su difunto marido jamás supiera que padecía esta enfermedad. «No sé si hice bien en esconderle lo que tenía, pero al menos estuvo todos esos años tranquilo e ilusionado. Nosotros –los que cuidamos– lo que sí podemos es hacerles la vida un poco más fácil», explica.
Recuerda a su marido como un hombre muy inquieto. Le gustaba hacer ejercicio, ir a la montaña y hacer planes.Pero siempre estaba pegado a mí».Ambos regentaban un negocio y aprovechaban sus días de descanso para hacer planes sociales. «Pero siempre juntos», matiza. Una de las primeras cosas que recuerda Miquela del inicio de la enfermedad es que «empezó a olvidar las letras de las canciones y a tocar la guitarra».

Dar la noticia

El papel de Miquela era el de fingir, poner buena cara y bromear o encajar con gracia aquellas situaciones duras de asimilar. «A mi marido le intentaba explicar que lo que le pasaba es que tenía una neurona que no funcionaba. Cuando olvidaba algo, le decía «eso es porque tienes apagada la neurona», en un sentido gracioso, y él se lo tomaba bien. Lo que nunca hay que hacer es estresarlo o regañar a quien padece Alzheimer porque no lo entenderá».

Después de que a su marido le hicieran las pruebas para detectar la enfermedad, Miquela entró, sola, en la consulta para recibir la noticia. «Me acuerdo que le pedí al médico que no le dijeran nada. Todo el equipo médico aceptó mi petición –Miquela no hubiera tomado esta decisión si los profesionales se hubieran negado–.

El día a día era estar pendiente. Al principio de la enfermedad, recuerda que su marido podía salir y no se perdía. Esto, sin embargo, acabó pronto y ya tenía que ir acompañado. Tomaba pastillas como tratamiento. «Le señalaba que esta era la pastilla de la memoria y enseguida se la tomaba», comenta Miquela. A su marido lo que le daba vida era hacer deporte. «Siempre subía el primero la cima de la montaña», rememora su mujer.

Se mantuvo estable durante los nueve años con la enfermedad. «Jamás dejó de reconocerme», menciona Miquela. Pero el último año fue definitivo. El Alzheimer le llegó con una edad madura, pero le arrebató la vida todavía joven. Aunque esta historia habla de su marido, también salpica a otro de sus hijos, Miquel Bou, de 51 años. Miquel espera a su madre en la residencia de mayores Fontsana Son Armadams. Allí pasa parte del día para intentar volver a recordar. Realiza ejercicios a diario junto a trabajadoras como Ana Zamora. Miquel es, ahora mismo, el único caso precoz de «esa neurona que no funciona», enfermedad que no podemos nombrar aquí.