Rafael Perera en una imagen de archivo. | M. À. Cañellas

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Era una mente preclara, tan rápida como brillante. Y un caballero de los de antes, casi decimonónico. Don Rafael Perera Mezquida empezó su andadura en la abogacía a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, cuando Mallorca vivía el 'boom' del turismo y la sociedad cambiaba a pasos agigantados. Era el número 362 del Ilustre Colegio de Abogados de Baleares y en pocos años el joven letrado comenzó a despuntar por sus defensas tenaces y su oratoria brillante. En 1974 defendió al último preso para el que la Fiscalía pedía la pena de muerte. Se llamaba Gabriel y don Rafael, con sus filigranas jurídicas, consiguió evitar la ejecución, que se permutó por 26 años en prisión. El mallorquín, siempre tan humano, siguió visitando al reo en la penitenciaría.

El ascenso de Don Rafael fue tan imparable como merecido y en la década de los 80 entró en el Olimpo de la abogacía, del que ya nunca salió. En aquella época, había tres penalistas a los que recurrir en Palma en caso de emergencia: don Rafael, Gabriel Garcías y Ramón Riutord. La santísima trinidad que te podía salvar si las cosas se ponían feas. Luego, se consagró también como magistrado de la Sala de lo Civil y Penal del Tribunal Superior de Justicia de Baleares y como presidente del Consell Consultiu. Y le llovieron las distinciones. Pero a él lo que en realidad le gustaba era la abogacía.

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Los juicios imposibles que ganaba como por arte de magia. Un prestidigitador en la sala de vistas. Con Pedro Serra, dueño de Ultima Hora, tuvo una complicidad única. Dos genios contemporáneos que se entendían a la perfección. Ya consagrado, el veterano penalista ejerció una defensa numantina con dos clientes ilustres: los expresidentes del Govern Gabriel Cañellas y Jaume Matas, inmersos en dos de los mayores casos de corrupción que se recuerdan. Por su despacho de las Avenidas, decorado sobriamente, como era él, y coronado por un gran crucifijo, pasaron durante décadas las personalidades más influyentes de la Isla, en busca de consejo o para contratar sus servicios. Contar con un abogado como don Rafael Perera era una tranquilidad tremenda para el imputado, una tabla de salvación a la que aferrarse. El legendario penalista era un seguro de vida, jurídicamente hablando. Como amigo, don Rafael era entrañable y leal. Nunca fallaba a los suyos. Sus hijos Salvador y Carmen han heredado la habilidad del maestro, y aquel discurso fluido con el que desbordaba a sus adversarios.

Pero siempre de forma cariñosa, porque don Rafael era, ante todo, un gentleman, una especie de dandy inglés rápido con la palabra y en las reacciones. Y tremendamente religioso, así que tenía mucho tacto con sus adversarios, a los que respetaba enormemente. Era, en la actualidad, el único letrado al que todos anteponían el 'don' para referirse a él. Y eso, en Mallorca, lo dice todo. La ola digital, con todo, no desbordó a una leyenda como él y en sus últimos años todavía enviaba correos electrónicos a sus amistades. Eso sí, matizaba: «No tiene nada que ver con las cartas de antes. Eran más entrañables». Como él.