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El cambio climático no es una entelequia, sus efectos son palpables y los tenemos frente a los ojos: solo hace falta quererlos ver. Pocos días después de haber entrado en el año nuevo comparecieron los primeros almendros en flor. Esta estampa, icónica y bucólica, es a su vez una señal de que el clima ha cambiado en los últimos tiempos y sigue cambiando. Quizás habrá un día en que las condiciones climatológicas hagan del nuestro un campo impracticable, al menos para los cultivos a los que estamos acostumbrados. Mientras tanto decaen las cifras de producción; tal vez no solo eso.

Para hablar de este fenómeno consultamos a una voz autorizada, la de Jeroni Galmés, catedrático de Fisiologia Vegetal del departamento de Biologia de la Universitat de les Illes Balears (UIB) y miembro del Institut d'Investigacions Agroambientals i d'Economia de l'Aigua. El investigador afirma que la imagen de los almendros en flor en los primeros días de enero se enmarca «dentro de los efectos del cambio climático» ya que sus consecuencias crean condiciones distintas a las que las especies vegetales y animales conocen. En el caso particular del almendro, su floración viene desencadenada por dos factores: las horas de luz diarias y la temperatura. Cómo opera el calentamiento global en los cambios en las plantas hortofrutícolas de Mallorca y en su paisaje.

«El ciclo del almendro implica que tras florecer salen las hojas, y después la flor se poliniza bien por el viento o por acción de las abejas. Esto es posible gracias a que antes se han formado las yemas florales. Cuando el día se acorta de camino al invierno las yemas no brotan, pasan a lo que se llama un estado de dormición. El árbol percibe estos condicionantes y para abandonar la dormición debe destruir las hormonas que la facilitan y segregar otras que le permiten florecer. Este proceso se desarrolla a través de cambios fisicoquímicos que solo se dan cuando ya empezamos a tener más horas de sol y se han acumulado en el árbol una cierta cantidad de horas de bajas temperaturas».

El experto en biología de la universidad balear recuerda en este punto que el almendro es originario de Oriente próximo, de zonas donde en invierno hiela y mucho. De hecho estas yemas y su proceso de dormición protegen a la planta y al futuro fruto de los efectos del frío. Cuando antaño en Mallorca el almendro florecía muy próximo a la primavera le quedaban no muchas noches frías a las que sobrevivir para llegar a su plenitud. Hoy, a mediados de enero, queda prácticamente lo peor de la estación invernal por delante.

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Esta imagen, a principios de enero, se antoja como un efecto visible del cambio climático en nuestros campos. Foto: M.À.C.

«Cada variedad tiene diferencias y un rango particular de horas de frío necesarias, pero para que un almendro florezca el día debe haber empezado a ganar terreno a la noche y deben haberse dado ya unas cuantas heladas. Esto pone de relevancia un peligro. Si se producen más heladas tras una floración primeriza, como la que nos ocupa en estos momentos, se pueden dar fallas en la fructificación y la floración que hagan que la cosecha posterior se resienta».

Es lo que pasó, por ejemplo, el año pasado cuando las heladas jugaron su papel y propiciaron en las Islas las mayores pérdidas de todo el Estado. Según datos del propio sector la producción de almendra balear se redujo en la campaña de 2021 a unas 500 toneladas, la mitad de lo que se obtuvo un año antes. En toda España la caída alcanzó cerca del 12 por ciento según informaron en su día las cooperativas agroalimentarias, entre ellas Asaja. Y es que la floración prematura no es solo un problema de las Islas.

Una mirada al futuro

Según Galmés existen ya en la actualidad modelos de predicción bien establecidos que dan una idea a la agricultura y el mundo agrario de cómo adaptarse a los cambios que origina el calentamiento global y el consecuente cambio climático. Lo vemos en los almendros, pero no exclusivamente en ellos. «En el caso del olivo este fenómeno de adelanto de la floración por efecto del cambio climático también está perfectamente documentado. Hablamos de que su floración se anticipa en veinte o treinta días de cuando se daba hace veinte años».

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Galmés, en un acto en Mahón antes de la pandemia con motivo de la Diada de Menorca. Foto: Gemma Andreu.

Cómo se verá condicionado el campo mallorquín por esta nueva realidad que se antoja inaplazable. «Muchos opinan que habrá un movimiento de los cultivos más hacia el norte, donde las temperaturas sean más suaves, porque sin las necesarias horas de frío el cultivo no es viable». Asimismo, no solo influye el cambio climático en esta realidad pues «la Xylella ha hecho mucho daño, especialmente en la parte de Llevant. Los cambios en la precipitación y las plagas son factores importantes que también se tienen en cuenta». Atendiendo de nuevo a los datos del sector, el año pasado se perdió el doce por ciento de la extensión de cultivo de almendro en Baleares por todos estos motivos.

Ante la pregunta de qué hacer, el profesor y experto en la fisiología de las plantas dice que es posible «prevenir, predecir y anticiparse al futuro a través de la planificación de los cultivos, ya que no todos los almendros necesitan 100 horas de heladas, se pueden escoger las variedades mejor predispuestas a encajar las condiciones que tengamos». Finalmente, el experto reseña que pocas veces se hace hincapié en un efecto quizás más desconocido del cambio climático: cómo la nueva situación determina, afecta o condiciona al fruto cultivado, en concreto a sus cualidades y composición interna más que a su aspecto o calibre. En este caso los problemas no serían tanto por el volumen de producción sino por la calidad del producto, hasta ahora una seña de identidad innegociable para nuestros mejores frutos.