Mohamad Berro. | Pilar Pellicer

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La Alepo destruida, de arriba abajo, es la dura imagen que tiene Mohamad Berro, de 27 años, de su ciudad natal de Siria. La guerra civil y el terrorismo que han imperado durante años hizo cambiar los planes de este joven cuando apenas tenía 22 años. «Al acabar mis estudios como técnico de Ingeniería civil, en la Universidad, tenía dos opciones: huir para no entrar en el Ejército o entrar en el Ejército».

Establecido en Palma desde hace cuatro años, enseguida encontró trabajo, se puso a estudiar castellano y también catalán. El joven solicitó hace unos meses la reagrupación familiar por asilo. Está a la espera de traer pronto a Mallorca a su padre, madre y hermana mayor. «Dejar atrás todo, a los míos y el país, es algo muy duro, y nadie desea hacerlo. Yo tenía mi vida entera allí y era muy joven cuando me fui».

Todos los días estallaban bombas en Alepo. La ciudad quedaba desértica desde las cinco de la tarde, en un clima hostil donde nadie ni nada estaba a salvo. «Llegó un momento en que no había ningún sitio seguro en la ciudad», recuerda Mohamad. o

Partida

Un año antes de su huida, no llegaba electricidad ni agua, todo el territorio quedó desamparado y bajo el miedo constante de los terroristas. «En mi caso, al ser kurdo, tenía que ir con cuidado porque llegó un momento que si los grupos terroristas contra el gobierno encontraban a gente kurda, les mataba. Mi familia y yo vivíamos en una zona que pertenecía al gobierno y no nos movíamos de allí».

En 2015 emprendió el camino hacia lo desconocido. El documento que le acreditaba que era estudiante durante al menos tres meses más fue su billete de oro para evitar cualquier complicación en su travesía.

Mohamad con su padre en Alepo.

Mohamad ha tardado alrededor de un año hasta llegar, finalmente, a Mallorca como refugiado sirio. Ha pasado por el Líbano, Turquía, porque allí tenía algún que otro conocido, y Grecia. Sus estancias han durado meses, bajo la incertidumbre de conocer cuál sería el siguiente paso. La mitad del trayecto lo pasó con un viejo amigo de la infancia y la mujer de él. Se encontraron, sin querer, en un restaurante kebab en Mersin, una ciudad turca de la costa.

Lo más duro fue la experiencia en un campo de refugiados de Idomeni, muy cerca de la frontera de Grecia con Macedonia del Norte: «En principio, íbamos a estar tres o cuatro días hasta que consiguiéramos un número para pasar al otro país. Pero en ese momento el gobierno cerró la frontera. Pasamos allí dos meses con más de 14.000 personas, sin apenas comida y agua caliente». Mohamad reconoce que sin los contactos que hizo por el camino no hubiera conseguido nada de lo que ha hecho. Distintas fundaciones llevaron al joven a formar parte de un programa de acogida de CruzRoja. Aunque en un principio quería establecerse en Finlandia, le tocaría España como destino. Y Mallorca como su próximo hogar.

En 2018 entró en el albergue de la Platja de Palma, donde ha podido continuar con el inglés, aprender castellano y aventurarse al catalán. La Fundación Shambhala ha ayudado a Mohamad a avanzar en su nueva vida. Trabaja desde hace cuatro años en un local de espectáculos de Magaluf, que compagina con los estudios de integración social.

«Aunque la situación en Siria es mejor, no hay vida. Lo que dicen allí es que no están tan preocupados por la guerra de ahora, sino por la que vendrá: no hay trabajo, no hay electricidad y todo es caro. No morirán del conflicto, pero sí de hambre».