Sebastián (Capi), María y Ramón juegan a parchís en el centro de Siloé. | Jaume Morey

5

Cada vez que muere algún compañero, siembran una planta en el jardín. No tienen nombre las plantas porque no es un cementerio, sino un espacio natural donde brota nueva vida. Es la forma con la que se despiden en las casas de acogida de la Asociación Siloé cuando algún usuario fallece a consecuencia del virus de inmunodeficiencia humana (VIH).

Adentrarse en las fincas es como una bofetada de realidad. Las viviendas, una ubicada en Santa Eugènia y otra en el barrio Es Jonquet, en Palma, acogen a cinco y a 10 usuarios respectivamente. Cuando alguno fallece, se abre la puerta de acceso. La lista de espera es extensa porque es la única entidad que trabajan con estas personas vulnerables y les acompaña hasta su muerte.

Hace dos meses que Ramón Nonato Pericàs, de 43 años, consiguió plaza en la casa de acogida de Santa Eugènia. Se infectó de VIH cuando tenía 14 años debido a su adicción a la cocaína y heroína.

La vida de Ramón ha sido un camino oscuro y agrietado. Su padre falleció a consecuencia de la adicción. Nunca ha tenido una estabilidad familiar y ha pasado por diversos centros de menores. Aunque el trabajo nunca le ha faltado, Ramón entró con treinta y largos en Projecte Home para salir de las drogas. Durante cuatro años ha trabajado como marger, una profesión, dice, «que me encantaba y disfrutaba mucho». Ha pasado estos últimos seis años en la prisión de Palma tras saltarse dos veces una orden de alejamiento interpuesta por un amigo. Llora cada vez que recuerda su etapa en la cárcel: «Lo he pasado muy mal, me ahogaban, me empujaban cada día. En mi celda no podía dormir porque mi compañero me amenazaba si hacía ruido, aunque sea respirando».

«Cada noche pedía a Dios que me sacaran de allí. Estaba cansado de los maltratos de los internos». A Ramón le destinaron al pabellón de enfermería de la cárcel. Asegura que la mayoría de sus compañeros también estaban infectados de VIH, como él.

La noticia

Hace diez años que María López, de 69 años, vive en estas casas de acogida. Una de sus aficiones es caminar, tomar café y visitar tiendas de ropa hasta hace dos años porque desde que comenzó el estado de alarma ya no puede salir sola a darse sus paseos.

No recuerda muy bien cuándo se infectó de VIH pero sí el cómo. De esto sucedió hace aproximadamente 30 años en el sótano que habitó durante una temporada tras fallecer su madre. Acogió por un tiempo corto a un hijastro de su hermano porque no tenía adónde ir.
Un día, el hijastro la violó. Ella sabía que el joven tenía VIH. Él lo hizo a propósito porque quería infectarla. «Me acuerdo que le deseé la muerte por lo que me hizo y se cumplió porque se resbaló por unas escaleras y falleció», recuerda María.

«Al cabo de cinco años se me desarrolló el virus. Mi diagnóstico fue de carga viral indetectable. La primera vez que la doctora me contó qué tenía me sentó como una patada en el culo. Empecé a medicarme para evita que se desarrollara más».

—¿Y te afecta el virus, María?
«No, es como si no tuviera nada. Me afecta solo en cuanto al estigma social que hay por el VIH. Me afecta cuando voy por el pueblo y como saben donde vivo me miran mal. Me afecta cuando la sociedad me rechaza, porque así lo he sentido», responde.

Los diez usuarios que viven en la casa de acogida de Santa Eugènia pasan el rato con el cigarro en la mano y observando la nada. María López ha aumentado su adicción al tabaco por el estrés que tiene desde que no puede salir tanto de la finca. A ratos, también juega con sus compañeros o ve la televisión. Los supervisores de la casa velan porque hagan las tareas y haya paz en el espacio.

Usuario uno

Sebastián Caparrós, más conocido como Capi, de 69 años, es el primer usuario que entró en Siloé hace ya 27 años. Tiene un folio pegado en su armario de la habitación en el que pone las cosas que no debe hacer en la casa: «No robar, no beber café a escondidas, no coger flores, no hacer pipí fuera del baño y no esconder las cosas que no debe tomar».

Es cleptómano y expolicía local. Su impulso de robar objetos no solo hizo perder su plaza pública, sino entrar en prisión por una temporada. A principios de los 90, Capi y un amigo se llevaron dos millones de pesetas de una caja fuerte. Despilfarraron el dinero recorriendo toda Andalucía. Dos años después, le condenaron a cuatro años de cárcel, pero solo estuve un par porque le daban cuatro meses de vida debido al virus. «Me infecté de VIH fuera de la prisión, por transmisión sexual. En el centro penitenciario iba con mucho cuidado para no transmitirlo a nadie. Me porté bien», bromea.

Porque Capi sonríe más que habla. Tranquilo con la vida –el virus le ha provocado problemas de salud mental– lee a ratos El sueño del juicio final. El final de Sebastián será «cuando Dios quiera. No tengo miedo a nada, ni nunca me ha dado miedo tener VIH», dice mientras suelta una carcajada. Lo que sí quiere es plantar una rosa en el jardín «antes de irme al otro barrio».

Este año, tres usuarios de Siloé han fallecido en el centro a causa de otras enfermedades derivadas de la infección de VIH. Margalida Vidal, directora de la Asociación, confiesa que la lista de espera para entrar en las casas de acogida es larga. Incluso llegan a esperar años. «La decisión de no coger a más de 15 personas en las dos casas es porque la calidad va por encima de la cantidad», explica.

Se trata de plazas concertadas por el Consell de Mallorca. Este servicio acoge a colectivos con VIH/sida con un grado de discapacidad y que no cuenten con recursos económicos. En Santa Eugènia, los usuarios duermen en habitaciones de dos, pero también hay individuales para personas que requieren ayuda física. La filosofía de Siloé se basa en «acompañar a los compañeros en sus últimos días de vida dentro de las casas. Lo más duro de trabajar con este colectivo vulnerable es la soledad que tienen y la falta de motivación», lamenta Margalida Vidal. La casa se queda fría cada vez que un usuario ve a alguien morir. «Uno de sus mayores miedos es que fallezcan solos, pero nosotros no dejamos que eso ocurra, y por eso lo agradecen», sostiene la directora.

Familia

Algunos de ellos mantienen un contacto estrecho con sus familiares. Otros, en cambio, nada. María López nació en Granada pero con 16 años llegó a Mallorca. Aquí se casó y tuvo dos hijos. «Mi hija me llama mucho y nos vemos, pero de mi hijo no tengo apoyo; no le veo desde hace diez años. Ni a él, ni a mi nieto ni a mi nuera», confiesa.

Ramón se casó solo para darle la nacionalidad a una mujer. Así lo dice: «No me casé por amor, sino por papeles. Pero luego en la cárcel me mandaba dinero para ayudarme». Capi, que le daban cuatro meses de vida y de esto han pasado 27 años, no tiene contacto con su hijo pero sí con su hermana mayor. Menciona a su anterior compañero de habitación que falleció en junio: «Qué le vamos a hacer. Todos moriremos. Así, uno menos», se burla.