Marga con Rafa, el pasado domingo, en su primera salida del centro.

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A Margarita Laura Bibiloni la conocimos en noviembre pasado, con motivo de la apertura en plena pandemia de un negocio, un café-teatro llamado Sueños cumplidos, que se sumaba a otros que ya tenía –parques infantiles– que le funcionaban. Era una mujer inmensamente feliz. Divorciada, madre de tres hijos –niño y niñas–, a quien le sonreía la vida.

Margarita pilló la COVID-19 en plenas Navidades, por lo que en la víspera de Nochebuena su hijo mayor, Rafa, fue a cenar a casa de unos amigos, ya que ella debía de estar aislada. De madrugada –eran las 5.20 horas del día de Nochebuena– la llamaron para avisarle de que su hijo había sufrido un accidente: regresando en la moto a casa, un coche que se saltó un ceda el paso lo arrolló. Fue en Son Ferriol. El estado en que lo dejó hizo que entrara en la UCI de críticos de Son Espases, «porque, según los médicos, se moría… En ese instante me cambió la vida, y encima no podía salir de casa, estar cerca de él. Mientras tanto, sufrió cuatro operaciones para recomponerle un brazo que no perdió de milagro, aparte de que el impacto le causó peritonitis fecal, lo que le produjo numerosas infecciones, su médula espinal quedó seccionada, la pelvis, la cadera y el coxis rotos, también rotos los ligamentos de la rodilla derecha… Me pude acercar al hospital el 28 de diciembre, pero no me dejaron verlo, pues seguía en coma, en la UCI, más cerca de la muerte que de la vida…. ¿Que qué hice…? Le escribía cartas. Cada día. Las palabras me salían del alma, eran mi único consuelo, eran la única forma de alimentar mi esperanza de volver a verlo, puesto que los médicos no dejaban de decirme que se podía morir.. Pero yo seguía escribiéndole… Te esperamos… Tus abuelos, tus hermanas, yo, estamos aquí… Cuando pudimos verle y hablarle, él, consciente de su estado, nos decía que para vivir así toda la vida… ¡Es que prefería estar muerto…! No digas eso, le decía… Porque con 40 años que tengo no estoy preparada para enterrar a mi hijo, me decía… Sí, la vida nos lo ha puesto difícil, pero pudo haber sido peor, me repetía para animarme…»

Hemos leído algunas de esas cartas y nos han emocionado. Por lo que dice y por cómo lo cuenta. Porque son como una reflexión total ante el giro que les obliga a dar la vida…Y son también un canto a la vida…

«Un buen día me dejaron entrar. Le cogí de la mano… Pese a llevar guantes, obligatorios en las UCI, y más en esta, UCI de críticos, sentí su piel… Le sentí a él. Estaba mal, pero vivía. Y eso es lo que importaba» .

Otro día fueron a verlo sus hermanas. Fue una visita entrañable, emocionante, como no podía ser de otro modo…

Tras recuperarse en Son Espases, el 11 de mayo, en un avión medicalizado, vuela desde Son Sant Joan a Barajas, y en ambulancia, también preparada, lo trasladan a Toledo. En la puerta del Centro de Parapléjicos le estábamos esperando mi madre y yo. Es un lugar donde, quienes viven en él, en menos de unas milésima de segundo han pasado de poder vivir de pie a vivir sentados, o tumbados, de por vida, en una silla de ruedas. «No te lo puedes imaginar cómo es… Hombres, mujeres, jóvenes… Incluso niños, que por una simple caída, no volverán a caminar jamás –nos dice Margarita desde la habitación en la que está descansando Rafa–. Él debe de estar aquí, como mínimo, un año... Del que no llevamos ni un mes. De momento está haciendo ejercicios para salir de la cama y sentarse en la silla. Transiciones, se llaman. Porque lo de entrar de la silla en el coche será para más adelante. No hay prisas, todo va por etapas, poco a poco… Y en cuanto a mi… Pues me han enseñado a cambiarle de posturas a fin de evitar que se llague, y a cambiarle el pañal… Aunque aun no he hecho ni lo uno ni lo otro».

Fines de semana en Toledo

Marga viaja a Toledo los fines de semana, aunque hay veces que lo hace entre semana, «puesto que tengo la suerte de que en el trabajo, en Seguritas Direct, oficina 933, todos me apoyan, y en los negocios que tengo, frente a ellos quedan personas muy preparadas… En realidad, en uno y otros sitios, todos están conmigo, cosa que les agradezco infinitamente. Y aquí incluyo a mis padres y a mis amigos, lo cual hace que no me sienta sola».

Pocos días después, el reencuentro con Rafa en Toledo fue emocionante. «Le esperaba en el pasillo hasta donde llegó sentado en su silla, empujado por Rosa, la enfermera. ¡Vaya sorpresa, Rafael –decía– ¡Vaya sorpresa que te he traído!... Nos fundimos en un abrazo. Sin poder reprimir las lágrimas, permanecimos así durante un minuto. Sentía sus caricias en mi espalda».

En Toledo está con él viernes, sábados y domingos, de 12 a 14 horas, y de 17 a 20 horas. A veces la acompañan sus padres, los abuelos del chico, Mateo y Tina. Pero todavía no han ido sus hermanas, que lo harán a nada que finalice el curso. «La pasada semana fue el primer día que pudimos salir a comer fuera. Estuvimos en el súper y luego almorzando… Rafa pretendió entrar en el coche, pero como no pudo, propuso ir en el maletero, pero me niego. A nada que me distraigo, lo intenta por su cuenta… Le digo que ahí no puede ir… Llamo un taxi y nos lleva a donde le digo… Y es que a cada día que pasa aprendo cosas nuevas para desenvolverme mejor en la vida que nos ha tocado vivir…».

Es curioso, en Toledo, donde, como decimos, está el mejor centro de parapléjicos de Europa, solo hay dos taxis adaptados, y en muchos restaurantes tres escalones para ir al lavabo. Tampoco es fácil circular en silla de ruedas por su casco antiguo. «Pero no por ello hay que desanimarse, sino saberse adaptar».

Por lo demás, Marga seguirá al lado de Rafa mientras esté ahí, por mucho que le cuesten los cuatro vuelos al mes que hace, los hoteles donde se hospeda, el coche que alquila, las comidas…¡Lo que sea! «Yo seguiré yendo hasta que me lo pueda traer a Palma».