La presidenta del Govern balear Francina Armengol. | Jaume Morey

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En mi modesta opinión, la gestión de la crisis del coronavirus que lleva a cabo Francina Armengol es la única posible dados los mimbres que tiene a su alcance. Ni el mejor general es capaz de ganar una guerra con una tropa incompetente e indisciplinada. Aquí nos ocurre lo mismo. Nunca sabremos si Armengol lo habría hecho bien si estuviera al frente de un equipo diligente y riguroso, en un entorno que premia la innovación, porque nunca tuvo la oportunidad. En Baleares, presidir la autonomía consiste en sacarse fotos, hacer como que se gobierna y esperar a que haya suerte y no te pille una catástrofe como esta. En el Govern, salvo en algunas áreas, nadie sabe el rumbo, ni hay mandos cualificados, ni nadie asume responsabilidades. Mientras no ocurre nada, que es siempre, el teatro funciona; cuando es necesario que nos gobiernen, entonces hay que disimular como se pueda.

Que Armengol fuera una política resolutiva es irrelevante en este caso. Aquí cuentan los soldados, los mandos intermedios, la moral de la tropa, el espíritu de lucha. Aunque pusiéramos al mejor político del mundo en su lugar, las cosas no serían diferentes porque el líder sólo pone la cara.

Hay cuatro razones para este fracaso estructural que explica la distancia abismal que va de Australia o Nueva Zelanda a Mallorca.

En primer lugar, la información. Armengol, o quien esté en su lugar, va a ciegas. Este periódico publicaba que el Govern desconoce cómo se contagia más del ochenta por ciento de la población, por lo que las decisiones para limitar la expansión del virus son una lotería. Nuestras autoridades se enteraron de que había una nueva cepa en Londres, por la prensa y, probablemente, diez días después de que se hiciera público. Hoy hay una inundación de estudios sobre le comportamiento del virus y las vacunas y aquí nos llega poco y mal. Sin conocimiento, vamos a tientas.

En segundo lugar, los objetivos. La política en las sociedades occidentales contemporáneas tiene prioridades. Que no lo dude nadie, aquí lo primero que pedimos a nuestros políticos es que ganen las siguientes elecciones. Si Armengol resolviera el problema del virus pero perdiera las elecciones, todo el mundo la llamaría ‘fracasada’. Por eso, lo que un político ha de conseguir por encima de todo es que la gente, el votante, la masa, piense que está entregado a ayudarlos. ¡Ojo!, esto no significa que sea verdad, sino que la gente lo piense. Si encima se toman decisiones correctas, miel sobre hojuelas; pero lo importante es caer bien. Esto es lo que hay. Esto es lo que premiamos. Y esa es la lógica con la que funcionamos. Acabar con la epidemia es secundario.

En tercer lugar, hacer las cosas bien, de verdad, es imposible porque el aparato de la administración pública es inservible. Aquí –y especialmente ahora– a nadie le interesa plantear la dura realidad de que la maquinaria pública no funciona. Olvidando el asunto de los costes, constatamos su inoperancia. Apenas es capaz de cumplir con algunas obligaciones a las que se ha acostumbrado con los años, y con muchas carencias. Abordar un desafío nuevo como es una epidemia es simplemente imposible. Es verdad que muchos médicos y enfermeras trabajan a destajo y con seriedad, pero también es verdad que la maquinaria, todo lo que ha de acompañar a la sanidad es inservible. No hemos sido capaces de aislar un barrio, de extender los tests masivamente, de proteger las residencias de ancianos, de vacunar con orden, ni siquiera de comprar mascarillas para los médicos en China, que hemos delegado en un costoso gabinete de abogados. En la escenografía a la que estamos acostumbrados, siempre nos dicen que tenemos un poder público fantástico pero ellos saben, como usted y como yo, que su funcionamiento es catastrófico.

Y cuarto, lo que es una clave fundamental: el efecto imitación. Armengol nunca pudo adoptar una decisión que difiriera de lo que se hace en el resto de España o de Europa. No se lo habríamos perdonado. Aunque tuviera la seguridad de que acertaba, más vale que se equivoque con los demás a que acierte en soledad. Este es un principio sagrado. Es naturaleza humana, desde luego, pero en política es un axioma. Yo aprendí esto en el periodismo: todos los medios íbamos a una rueda de prensa y cuando yo retornaba a la redacción para escribir lo que había oído me llamaba un compañero y me preguntaba qué escribiría. Si todos decimos lo mismo, incluso aunque sea una mentira o un error, nadie nos discutirá nada; si uno se separa del camino, aunque diga la verdad, será mal mirado. Y será un mal compañero, desde luego.

Si Armengol se sincerara con nosotros, nos contaría cuán impotente se debe sentir. Pero tampoco está bien visto que lo diga, porque ha de mantener la ficción de que gobierna. El espectáculo tiene que continuar. Muchas bocas dependen de ello.