Las mujeres se concentran en la calle Ferreria y Justícia, en Palma.

En la Porta de Sant Antoni las mujeres que ejercen la prostitución han adaptado sus horarios a las normas sanitarias y ahora ejercen desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde. Los precios han sufrido un desplome y ahora se están ofreciendo servicios completos por apenas 15 euros. La crisis se está cebando con este frágil sector: mujeres que se habían integrado en el mercado laboral ahora han tenido que volver a hacer la calle para pagar el alquiler. Hay tanto miedo que en una semana apenas sacan cien euros con jornadas de 12 horas diarias.

Ellas son María, Leila, Salut o Guillermina. Las hay de Colombia, Rumanía, Marruecos y también mallorquinas. Se concentran en la calle Ferreria y Justícia, y a primera hora de la mañana apenas transitan posibles clientes. Las mujeres que ejercen la prostitución reconocen que reciben alimentos gracias a la ayuda de Cruz Roja, Médicos del Mundo y Casal Petit.

«Desde el viernes no ha venido nadie», dice Leila, que es de Marruecos. Antes del virus trabajaba como auxiliar de cocina. Es la primera vez que hace la calle y en su familia no lo saben: «Tengo que mandar dinero a mi madre y a mis hermanos, somos pobres». La falta de una red familiar también ha empujado de nuevo a la Porta de Sant Antoni a María, que con 53 años había conseguido ganarse la vida limpiando casas hasta que llegó el virus.
Regreso

«Nos tocó regresar a la calle», se lamenta. Junto a ella, su compatriota Guillermina también dejó atrás un pasado como limpiadora e incluso como propietaria de una tienda. Todo esto quedó atrás al quedarse sin empleo ni ingresos. Sin embargo, los clientes no vienen. Y eso que ellas advierten que «entre las chicas que trabajamos aquí no ha habido ningún caso de coronavirus». Además del preservativo, ahora llevan a cabo los servicios con mascarilla, obligatoria también para el cliente.

Salut es mallorquina y no quiere que se le hagan fotos ni siquiera de su zapatos por temor a que la reconozcan. «Yo no he bajado precios. Sigo trabajando por 30 euros el servicio» cuenta ella, que además suma los siete euros que cuesta usar durante 20 minutos una de las habitaciones de los meublés (que se alquilan por minutos) de la calle Justícia, a donde llevan sus clientes.

Jaume Perelló es educador social de Casal Petit, entidad que presta ayuda a este colectivo de mujeres. «Nos consta que las hay que habían dejado la prostitución y han tenido que volver a la calle. No han cobrado ERTEs, ni tenían derecho a paro porque no habían podido ni comenzar la temporada. Tampoco han podido acceder al Ingreso Mínimo Vital (IMV), aunque «la Renta Social Garantizada (Resoga) llegó nada más decretarse el confinamiento».

Pero incluso en la fase más dura del virus se veían obligadas a ejercer «y se iban a casa del cliente». La necesidad aprieta, y en su caso más. Perelló denuncia que «el cliente se aprovecha de la necesidad de la mujer y piden rebajas de tarifas».

Las mujeres más jóvenes, desde los 18 años a poco más de la veintena, están en pisos ejerciendo y aunque cobran más por cada servicio, las ganancias son mínimas. «Quince para la madame y quince para ellas», cuenta.

Las jornadas son eternas ahora mismo que el virus y el miedo campa por sus anchas. En la Porta de Sant Antoni cuentan que no tienen proxenetas pero las hay «que tienen deudas de hasta 7.000 euros por venir a España, además de tener que enviar dinero a casa, vivir aquí... Todo esto suma y les obliga a aceptar cualquier precio», dice Perelló, que advierte que «siempre he visto violencia contra las mujeres prostituidas. Prepotencia, superioridad, agresividad psicológica y física».

Desde Cruz Roja confirman la tendencia al regateo del cliente. «Como están en situación de extrema necesidad, se dejan», cuenta Catalina Bagur. Coincide que ahora se han ido a las calles limpiadoras, cuidadoras y féminas que sin red familiar deben buscar algún recurso económico, aunque sea escaso.

El toque de queda ha afectado mucho a su actividad y «el consumidor se aferra a su extrema necesidad para pedir una rebaja. Dicen que tienen menos ingresos porque están en ERTE y se ven sometidas al regateo. Hay un punto de chantaje emocional. Las exigencias y la brutalidad del consumidor son escandalosas»

Magdalena Alomar, coordinadora de Casal Petit, advierte que a lo largo de estos meses «nos han llegado más mujeres que antes no ejercían. Se han quedado en una situación de extrema vulnerabilidad y demandan ayudas para la alimentación y la vivienda. Quieren cambiar de vida, pero no hay ofertas de trabajo». Este trasvase de mujeres a la prostitución se repitió en la crisis de 2008, aunque en esta ocasión «hay menos demanda. Para poder acceder a un cliente, se ven obligadas a bajar precios y a prácticas de riesgo para ganar algo».

Necesidad

Mientras tanto, María Durán, presidenta del Institut Balears de la Dona (IB dona), revela que «el 78 por ciento de las mujeres que ejercen la prostitución lo hacen por necesidad. Este año con el Govern iniciaremos un proyecto abolicionista para rescatar hasta 150 mujeres de esta práctica».

Durán denuncia que «en las redes sociales y concretamente en Instagram hemos observado que hay demanda de mujeres jóvenes para la prostitución o la explotación sexual. Tenemos constancia de que en determinadas zonas de Balears hay cooptadores de adolescentes. Desde IB Dona trabajamos para prevenir situaciones de riesgo entre las adolescentes». Para ellas aún hay esperanza.

Tras una mañana sin clientes en la Porta de Sant Antoni, el grupo de mujeres llama a gritos a Toni, cuponero de la ONCE que hace ruta por el barrio. Mientras esperan el milagro de la vacuna que las devuelva a su antigua vida, compran un cupón con la esperanza de que un golpe de suerte las saque de la calle.

El fenómeno Only Fans: ponografía a cambio de una suscripción mensual

Influencers de todo el país se han lanzado a la plataforma Only Fans, donde a cambio de una suscripción mensual envían material pornográfico a sus suscriptores. Desde Cruz Roja, Cati Bagur advierte que «es un tipo de explotación sexual, una vía alternativa al entramado de la prostitución». La población joven es objetivo de este consumo, donde «se cosifica a la mujer. Esto puede le pasar a cualquier joven de nuestro entorno».