Pedro Sánchez. | JUAN MEDINA

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La clave del actual enredo político, el más confuso, tenso y tenebroso desde las primeras elecciones democráticas en 1977, se resume en una palabra: 'relator'. Así de claro. Pedro Sánchez tenía a los independentistas catalanes en el bolsillo para que le votasen los presupuestos a cambio de la instauración de un 'relator' o intermediario para debatir, a la larga, con tiempo y sin crispación, la cuestión catalana. A cambio, Sánchez y sus presupuestos podían seguir en Moncloa hasta junio del 2020. ¡Quince meses en el poder son oro puro en los tiempos que corren!

Pero a Sánchez le ha faltado valentía en el momento más importante de su carrera. Ha tenido miedo. Y eso en política es letal. Se ha achantado ante las tres derechas, que se han puestos como fieras con la figura del 'relator'. Vieron que era el gran punto débil de Sánchez. Y le llamaron traidor, felón a España y Judas. Luego montaron una 'macromanifestación' en Madrid que a la hora de la verdad fue mucho menos numerosa que las que organizan los independentistas en Barcelona. No había para tanto. Pero a Sánchez le temblaban las piernas. Así de claro. Además, salieron de sus sarcófagos las momias socialistas: González, Guerra, Vara...criticándole y mordiéndole los tobillos. Los sarcófagos quieren protagonismo. No se resignan al ostracismo. Y Sánchez, en otra cobardía, no se atreve a taparles la boca. Resultado: más cuesta abajo hacia el precipicio. Sánchez rompió la negociación con los catalanes por miedo a derechistas y momias. Consecuencia: Adiós a los presupuestos. Y el Gobierno hundiéndose por su propio peso.

¿Y ahora qué? Los barones socialistas quieren que Sánchez convoque elecciones generales antes de la gran cita autonómica y local del 26 de mayo. Es lógico. Francina, Puig , Lambán, Page... no quieren poner el trasero para que el electorado les pegue la gran patada 'a la andaluza', teniéndose que tragar ellos los miedos de Sánchez. Presionan para que Pedro Picapiedra convoque cuanto antes. ¿Pero hay fecha?

Moncloa filtró hace unos días el 14 de abril, día mítico, ya que es el 88 aniversario de la proclamación de la Segunda República. ¿Pero hay jeta para pedirle al Rey que firme el decreto de disolución y la llamada a las urnas el día en que España abrazó la bandera tricolor y echó a Alfonso XIII? Es demasiada humillación para Felipe VI. Sánchez no se atreverá. El domingo siguiente es Pascua de Resurrección. Ni pensarlo. ¿Alguien se imagina los mítines finales de campaña el Viernes Santo y con penitentes en los polideportivos? Sólo queda el 28 de abril, a casi un mes de la cita autonómica y local. ¿Pero es legalmente posible? Hay quien dice que deben pasar 30 días entre elección y elección. En todo caso, cuatro semanas son un margen cortísimo hasta el 26 de mayo. ¿Qué hará Sánchez? ¿Está barajando un día laborable? Tal vez sea su única salida.

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Y encima estamos en pleno juicio del Procés. ¿Como puede tener la más mínima serenidad este juicio en plena vorágine electoral? ¿Cómo puede desarrollarse este proceso con el secretario general de Vox, Ortega Smith, ejerciendo de 'acusador popular' sentado junto a los fiscales y pidiendo toneladas de años de cárcel para los líderes de sus contrincantes electorales? Ni a Kafka se le ocurrió tamaño cacao, que supera la más fértil imaginación humana, para vestir su celebérrima novela onírica 'El proceso'.

Si hay adelanto electoral, el Supremo no tendría otro remedio otro remedio que suspender el juicio hasta después de la ristra de comicios.....¿con los acusados de nuevo en prisión provisional? ¿Qué dirá Europa ante tamaño desaguisado? Porque la clave (tal vez la más importante de todas) es que Europa sigue al milímetro los acontecimientos.

Y visto lo visto, ¿no le habría convenido mucho más a Sánchez aceptar el 'relator' a cambio de la aprobación de los presupuestos por parte de los catalanes? ¿No habría calmado eso muchas aguas? La pataleta de las derechas habría durado unos días. Se habrían desgañitado pronto. Pero no. Sánchez se acobardó ante Abascal, Casado, Rivera y sus 'compadres' Felipe, Guerra y Vara. Y se ha metido en un lodazal de muy difícil salida.

Y el independentismo catalán sigue marcando los ritmos, los tempos y es quien mueve la batuta, mientras en Madrid están a punto de salir de quicio.