TW
0

De nuevo el calendario nos sitúa en un 8 de marzo, bautizado como Día de la Mujer Trabajadora en homenaje a aquellas pioneras de hace casi cien años que dieron su vida en la reivindicación de unas condiciones laborales mínimamente humanas. Hoy prácticamente está de sobra el «apellido» Trabajadora, y habría que rebautizarlo como Día de la Mujer Discriminada. Porque el simple hecho de que las mujeres hayan accedido al mercado laboral es un paso ya superado y que no tiene el menor misterio. En cambio, sí que aún, por desgracia, tenemos que exigir idéntico tratamiento a los trabajadores de uno y otro sexo. Es decir, que muchas mujeres se ven forzadas a cubrir los puestos menos atractivos y más «femeninos» de la cadena laboral por «imperativo» de la tradición: las féminas limpian, cuidan enfermos, ancianos y niños, copan los puestos de la docencia, la enfermería y las secretarías. O sea, siguen ejerciendo las actividades para las que secularmente han sido educadas y, además, muchas veces lo hacen con gusto. Pero eso no es óbice para que aspiren a más y, sobre todo, a mejor.

Y ahí están los políticos, que, lejos de mostrar una actitud unánime, firme y coherente a la hora de denunciar los abusos, los retrasos y las discriminaciones para reivindicar y promover políticas de auténtica liberación femenina, prefieren buscar las diferencias, separarse y convocar manifestaciones diversas. Matices ideológicos aparte, está claro que la idea de la mujer en el siglo XXI -más ahora, cuando la violencia de género se ha convertido en una amenaza difícil de combatir para muchas féminas- debe ser universalmente compartida por todos: la de un ser libre, pleno y con idénticas oportunidades para recorrer el camino de su vida como quiera.