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Los jóvenes de Balears -y no tan jóvenes- son los que mayor esfuerzo realizan de todo el Estado para adquirir una vivienda, anhelo que para muchos resulta, sencillamente, inalcanzable. Y quienes tienen la valentía de afrontar semejante reto se ven obligados a destinar dos tercios de su salario a la hipoteca, lo que da una idea de la hazaña que se ven obligados a acometer. Pero, a riesgo de pecar de pesimistas, las cosas pueden ponerse aún más difíciles. El Euríbor, ese indicador económico que todos miramos de refilón y con desconfianza, acaba de darnos un susto. Ya se veía venir, porque el tipo, que es la referencia habitual que utilizan los bancos a la hora de establecer el precio de un crédito hipotecario, suele reflejar a corto plazo los movimientos del precio del dinero que fija el Banco Central Europeo. Y si el BCE elevó los tipos en diciembre hasta el 2'25 por ciento, ahora el Euríbor ha subido hasta el 2'8, una cifra que no se alcanzaba desde hace tres años. A la hora de la verdad, ¿qué significa todo esto? Que si tenemos dinero ahorrado obtendremos algo más de rentabilidad por él, pero si lo que tenemos es una deuda hipotecaria, nos costará más. Se calcula que unos treinta euros más al mes por cada veinte millones de pesetas (120.000 E) de préstamo. Tampoco acaban ahí las preocupaciones de los sufridos consumidores, porque los precios se están disparando hasta niveles que algunos consideran «graves»: el 4'2 por ciento de inflación, cuando el ideal se encuentra en el 2 por ciento. No son datos positivos, máxime cuando los expertos pronostican un Euríbor al 3'5 por ciento a final de año, mientras la vivienda no deja de subir y subir, quizá hasta que reviente la famosa «burbuja» inmobiliaria.