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Puño evantado, los dedos índice y corazón se despliegan abriéndose y formando la uve, inicial de la palabra victoria. Los otros dedos, tan importantes como los desplegados, siguen cerrados formando el puño, la fuerte base del signo de la uve, que destaca. Si miramos el rostro de quien así levanta la mano, es habitual que veamos una expresión de reto que busca la victoria, la tensión que muestra alguien que cree merecerla, necesitarla, la reivindica o ya la ha obtenido y se refuerza con ella, la luce, haciendo ver la superioridad que este logro supone. Hay un estado de tensión tras este signo.

La superioridad que se ha obtenido o se piensa tener sobre el contrario depende del golpe certero, y ese golpe va desde la estocada definitiva al movimiento de la ficha de ajedrez que provoca el jaque mate. La batalla personal a la que aquí se hace referencia, que cada uno lleva consigo mismo y de la que precisa salir victorioso, es la que nos enfrenta a las dudas. La duda tiene un efecto paralizador, nos deja en un callejón sin salida y es causa de inquietud.

No podemos soportar el permanecer en un estado de duda. Lo que sucede es que nuestra ambición, nuestra ansia de perfección, nos propone que ante las diferentes opciones, creemos que lo importante es acertar, ya ahí nos perdemos en desasosiegos. Lo importante en realidad es decidirse, salir del estado paralizante. La decisión, si escuchamos al gran consejero permanente que es nuestro propio cuerpo, cuya memoria celular contiene toda la información que precisamos, lleva en sí misma la energía del acierto.