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El Gobierno ha presentado su proyecto de ley de Presupuestos Generales para 2003 y, como suele ocurrir cuando un ministro de Economía analiza la realidad presente y futura, ha sido un derroche de optimismo. Una postura que contrasta de frente con la opinión de los partidos de la oposición y de los sindicatos, que creen inverosímil la previsión de crecimiento planteada en el texto e insisten en que la tozudez de Aznar por conseguir del «déficit cero» "al que otros países europeos ya han renunciado" implica perder miles de millones en gasto social. El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, anuncia la creación de casi 300.000 empleos el año próximo, en parte gracias a esos Presupuestos con grandes partidas para la inversión, pero habría que preguntarle cuántos puestos de trabajo se destruirán en ese mismo período y cuánto aumentará el número de demandantes de un primer empleo. Sólo así podremos los ciudadanos hacernos una idea de cómo están realmente las cosas.

Porque a nivel nacional e internacional la economía tiene algunos frentes abiertos ciertamente preocupantes: la Bolsa en imparable caída, el petróleo fuerte, el paro creciendo, una guerra a las puertas, una recesión generalizada en todo el mundo, un IPC difícil de controlar... En fin, que no es oro todo lo que reluce.

Como contrapartida, crece el gasto en materia social, que buena falta hace, se anuncia la desaparición del IAE "buena noticia para el pequeño empresario", la rebaja del IRPF "aunque algunos creen que sólo afectará a las rentas holgadas", mayor gasto en educación, justicia, investigación y seguridad ciudadana, y un aumento de la dotación presupuestaria para Balears, lo que, naturalmente, nos alegra, porque era de justicia.