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El Festival de Eurovisión 2002 que se cerró el sábado pasado en Tallin, capital de Estonia, con la victoria de Letonia y el séptimo puesto de España, ha demostrado que sigue siendo muy valorado en toda Europa y, que, después de muchos años, España se ha vuelto a interesar por él. Hasta el punto de enviar a 145 periodistas, entre ellos algunas de las grandes estrellas del mundo de la comunicación.

En el Saku Suurhall, pabellón que ha albergado el festival, nos hemos encontrado por ejemplo con Javier Sardá, de «Crónicas Marcianas», acompañado por Boris Izaguirre y Carlos Latre, sin duda encantados con el ambiente eurovisivo, a Nieves Herrero, que retransmitió en directo el festival, a los graciosos reporteros de «Caiga quien Caiga», a la cronista del corazón María José Yagüe, y José Luis Uribarri, el comentarista de toda la vida de TVE encargado de Eurovisión. Tras jubilarse el año pasado, Uribarri volvió a acudir por expreso deseo de la televisión pública tras no haber encontrado un sustituto a su altura (había barajado los nombres de José Manuel Parada y Paco Clavel).

El Saku, localizado 15 minutos del centro de Tallin, se transformó durante una semana en el centro de operación del festival. Estrechamente vigilado por la policía y el Ejército de Estonia, los controles de acceso se hacían complicados. Además del pabellón (con 6.400 asientos), donde se celebró el festival y que ocupa una superficie de 30.000 metros cuadrados, se montó una carpa de prensa de 2.000 metros cuadrado con capacidad para 1.000 periodistas, que podían seguir las evoluciones de los cantantes a través de tres pantallas gigantes, y con una sala de prensa con 250 asientos para la celebración de las conferencias de prensa; una carpa de fiesta (la Afterparty) de 1.610 metros donde cabían 3.000 personas, una zona vip de comida y cena de 1.000 metros cuadrados, y el Green Room, de 750 metros cuadrados, donde los cantantes siguieron las puntuaciones.

Sin duda todo lo necesario tuvieron los periodistas para hacer su trabajo, no faltó de nada, ya que era donde se pasaría prácticamente el día entero. Allí desayunábamos, comíamos y cenábamos. Los restaurantes instalados acabaron prácticamente sus existencia debido al volumen humano allí presente, ya que a los enviados especiales había que añadirles el personal de la organización y de la seguridad, en total 1922 personas más. Afortunadamente Estonia hizo un esfuerzo, a pesar de sus limitaciones técnicas y económicas, y con la ayuda de Suecia, todo salió bien.