Dos niños rohinyás en el asentamiento improvisado de Hakimpara, donde más de 32.000 personas viven en condiciones muy duras. | Anna Surinyach

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Cerca de 700.000 rohinyás han huído de la persecución y la violencia en los últimos seis meses en Birmania con destino a Cox's Bazar, un distrito en el sudeste de Bangladesh, según el último balance dado a conocer por Médicos sin fronteras.

A este grupo étnico de confesión musulmana se le niegan derechos de ciudadanía y este último gran éxodo ha sucedido a otros anteriores, que en su día también movilizaron a miles de personas lejos de su hogar por las penosas condiciones de vida a las que se ven sometidos.

Los numerosos refugiados se han establecido en campos ya existentes y en nuevos asentamientos improvisados establecidos por las autoridades de Bangladesh, con el apoyo de las entidades humanitarias y de los ciudadanos bangladesíes, en primera línea de respuesta a esta acuciante crisis humanitaria desde el principio.

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Con el tiempo las condiciones empeoran y la calidad asistencial a personas que son víctimas sistemáticas del maltrato se resiente.

La gran superpoblación de las instalaciones conlleva, según Médicos del mundo, el riesgo de la aparición y la propagación de enfermedades. De hecho ya han aparecido brotes de difteria y sarampión, así como infecciones respiratorias y enfermedades diarreicas, todas ellas relacionadas directamente con la precariedad de los asentamientos y las deficientes condiciones de salubridad, por lo que el riesgo de emergencia de salud pública es claro.

Además, la incidencia de desastres naturales tales como inundaciones, ciclones, huracanes, marejadas ciclónicas y mareas son frecuentes en el cinturón costero de Bangladesh donde se instalan los campos de refugiados. La inminente temporada de monzones y de lluvias intensas sitúa a miles de refugiados en riesgo ante la posibilidad de inundaciones y deslizamientos de tierra.

Cientos de rohinyás siguen cruzando a diario la frontera de Birmania a Bangladesh. Los recién llegados procedentes del estado de Rakhine siguen narrando historias de restricciones de movimientos, redadas militares, arrestos arbitrarios, desapariciones forzadas, confiscaciones de tierras, saqueos, incendios premeditados de viviendas y violencia y hostigamiento constantes, ante los que la comunidad internacional reacciona de forma tibia.