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Irlanda dio ayer un esperado «sí» al Tratado de Lisboa que reforma las instituciones europeas, en un segundo referéndum en el que la crisis económica ha actuado como acicate para que los irlandeses ratificaran un documento considerado vital para el futuro de la Unión Europea. Con el Tratado paralizado por el rechazo irlandés al texto comunitario en la consulta de 2008, la isla se había ganado la vitola de miembro díscolo, proclive a la sorpresa en las ocasiones que ha tenido para pronunciarse sobre estas cuestiones.

Siete años antes, los irlandeses ya se opusieron en un referéndum al Tratado de Niza, aunque lo acabaron aprobando en una segunda consulta popular un año después con casi un 63 por ciento de sufragios a favor. Ahora, los resultados finales del plebiscito del viernes reflejan un espectacular giro en el comportamiento del electorado, con un incremento del 20 por ciento en el bando del «sí» respecto a 2008, hasta llegar al 67,1% de apoyo, y una participación del 58 %.

La base europeísta está ahí. El principal problema, sostienen los observadores, es motivar a una ciudadanía superada por la fuerte militancia de los seguidores de grupos minoritarios. Por eso, quizás tengan algo de razón los que acusaban a Irlanda de haberse acomodado y crecido, hasta desplegar una actitud de desdén hacia Bruselas, por el éxito económico y espectacular crecimiento experimentado en las últimas dos década, gracias, en parte, a las ayudas de la Unión.

No en vano, la «vuelta de Irlanda al corazón de Europa», en palabras de un feliz y aliviado primer ministro, Brian Cowen, tiene mucho que ver con la profunda crisis que afecta ahora al país, con índices de paro desconocidos desde los años ochenta, un sistema bancario desprestigiado y un sector inmobiliario -uno de los motores de su economía- estancado. De hecho, el mensaje durante la campaña del Gobierno y de todos los partidos políticos -excepto el Sinn Fein- así como de la patronal, los sindicatos, las grandes multinacionales y hasta la poderosa Iglesia Católica resaltaba la necesidad de mirar hacia Europa para campear el temporal.

La «campaña del miedo» la llamaron los opositores al Tratado, una variopinta coalición compuesta por grupos izquierdistas, neoliberales, pacifistas y ultra-católicos convencidos de que las garantías dadas por Bruselas en forma de protocolo para salvaguardar los intereses irlandeses, como su independencia fiscal o su neutralidad, son papel mojado.