Bernardí Roig posa junto a su 'monumento', 'La máscara del ciervo', pieza creada a propósito para su exposición 'La habitación roja' del Casal Solleric. | Jaume Morey

TW
1

Bernardí Roig (Palma, 1965) repite en el Casal Solleric de Palma después de 25 años. Este jueves, a las 20.00 horas, inaugura en este espacio La habitación roja, que define como «un entramado de roces», puesto que «esta vez me he ubicado en la periferia del Solleric: el balcón, el escaparate y el patio. Luego hay un punto de fuga, que precisamente da nombre a la propuesta», detalla.

Y es que La habitación roja se conforma de varias piezas. En primer lugar, de La máscara del ciervo, una pieza creada a propósito para el Solleric y que está integrada en la colección de la galería Kewenig Palma-Berlín; los vídeos El hombre de la lámpara y Naufragio del rostro, cedidos por cortesía de Es Baluard y la Kewenig; la muestra fotográfica Lámpara de Ariadna, que ha contado con la colaboración del comisario de Breaking the monument [la otra muestra que se inaugura también este jueves], Santiago Olmo, cedida por la galería Max Estrella de Madrid y, por último, The Bogeyman, una figura de resina sobre la que se proyectan luces fluorescentes, también procedente de la Max Estrella.

En conjunto, Roig explica que «se trata de algo que tienes en la cabeza y que tiene que salir, normalmente es una idea. La idea se tiene que formalizar, porque si no se convierte en un quiste y te revienta la cabeza».

El nexo de estas obras, recuerda, se remonta a Brasas bajo cenizas. «La habitación roja estaba cerrada, pero la pude visitar. Sentí que mi muestra estaba arruinada porque quisiera haber hecho algo allí. Esa crisis se convirtió en un detonante. Dio la casualidad que Santiago Olmo estaba cerca de mí en ese momento, a nivel teórico, e hizo una foto que reflejaba la escultura que, a su vez, se reflejaba en el espejo. Había como una distribución de destellos muy mágica en esa imagen. Se usó en alguna exposición y luego desapareció, pero cuando Fernando [Gómez de la Cuesta] me propuso esto, me acordé de ella, la recuperé de mis archivos y pensé que ese era el planteamiento», aclara.

«Es un ejercicio de coherencia con la memoria. Así que trajimos las dos obras que vienen inmediatamente después de esa propuesta: mi primera película, El hombre de la lámpara, rodado en Betacam en el 2000 y la fotografía», razona.


Monumento

En cuanto a La máscara del ciervo, Roig asegura que «curiosamente coincide con una exposición que discute el monumento». «No pretendo que lo mío sea un monumento, pero la escultura es falocrática, está erecta. Es un faro de luz interior. El lugar más luminoso del mundo es el útero, porque es la fábrica del mundo. Es un monumento al interior, es una torre que sostiene el vacío, pero la luiz que contiene está en conexión con la luz que llevo hacia la calle, hacia el Born», matiza.

'La máscara del ciervo'

«Es una exposición de noche, pues empieza cuando cierra el museo. Esa es la parte más interesante del proyecto: acaba el mundo de las exposiciones y empieza la noche, el lugar donde se fantasea», agrega. Además, la propia máscara de ciervo, reconoce, «es un recurso que uso bastante para justificar lo que significa para mí el arte, que es ese arte heroico de la mirada y está muy ligado a Las metamorfosis de Ovidio: uno debe atreverse a mirar lo que hay y pagar las consecuencias de verlo».

Por otra parte, en el escaparate, una pieza reflexiona sobre el paso del tiempo. «Tengo un vecino muy terrible que es Zara, porque tiene escaparates de lo efímero; lo mío es tiempo encapsulado. ¿Qué diferencia hay entre una cosa y la otra? Esa es la pregunta. Es el afuera, cuando estás en un museo viendo una exposición estás en un mundo de lo simbólico, en el que todo está conectado; pero en la calle se crea una distorsión. Esta muestra es para seguir confundiendo más a la gente. Este museo es un baluarte, un muro contra la necrosis del deseo».