Marc Anthony animando al público durante su concierto. | Pere Bota

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Diez mil caderas ardientes no olvidarán lo acontecido anoche. Marc Anthony reservó el día más desabrido de la semana para recuperarlas para la causa, oxidadas como estaban de tanta inactividad. El cantante estadounidense, de ascendencia puertorriquense y coleccionista de Grammys, tomó el escenario y, tras una elegante reverencia, puso sus infecciosas melodías al servicio del público. O, para ser más exactos, de sus pelvis.

Le arrojaron algo, quizá un sujetador, lo ignoro desde la distancia. No intentó ni esquivarlo, otro más para la colección. A este paso no tardará en abrir su propio Women’Secret. Por pantalla parece que el ex de ‘JLo’ le guiña un ojo a alguien. Se multiplica el vaivén de caderas entre las primeras filas, sube la temperatura en el espacio acotado del Mallorca Live, y una ola de calor nos invade al son de Valió la pena, primera salva de la noche. A esto se le llama en castizo ‘llegar y besar el santo’.

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Una salsa furiosa de trombones y percusión lleva a hombros a nuestro esbelto hombre de negro, que parece flotar sobre el escenario. Mallorca recibe la excelencia musical, toda la riqueza, de Puerto Rico. No asistiremos a otro concierto así en mucho tiempo, con sonidos que parecen un dulce cruce entre Tito Puente, la Miami Sound Machine y The Manhattan Transfer. Calor, energía y amor es cuanto acompaña a nuestro protagonista. Todo lo que canta se viste de oro y transforma en delirio: Y hubo alguien, Hasta ayer, Flor pálida... mientras desliza las sílabas sus prominentes labios parecen salir de las pantallas y el público roza el éxtasis, especialmente ellas, al compás de unos timbales virtuosos y enloquecidos que no ayudan, precisamente, a enfríar la tórrida noche. Pocas veces se vio semejante concentración de mujeres con tacones infringiendo la ley de la gravedad.

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En la distancia, Anthony bailaba con ellas, les tiraba besos, siempre con una gran sonrisa. Sabe como ganarse al público, tiene oficio, además de otros méritos, como el historial más grande de su género con 26 entorchados –números uno– en la Revista Billboard. Lo dicho, le sobran tablas. Como a su copiosa banda… con timbales, trompetas, teclados, trombones, guitarra, bajo, piano y coristas. Y es que, a sus 53 primaveras, sigue siendo uno de los grandes embajadores de la fusión, con esa rica aleación de salsa y pop con ecos del talento mestizo del viejo Puerto Rico.

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El espectáculo fue apabullante, muy alejado de la frialdad desangelada de otros divos que han pasado, no hace tanto, por este mismo escenario. Marc no dejó de exhibir su grácil figura y voz resultona, aunque carente de matices, disimulados, eso sí, por el sólido acompañamiento de su banda. Uno tras otro fue atacando sus temas más solicitados, con una capacidad rítmica envidiable, que explica por qué, de unos años a esta parte, la música latina se ha colocado en la vanguardia musical.    Confirmación de que los sonidos populares no forman parte del pasado, son el futuro.