El músico con una selección de sus trabajos publicados. | Jaume Morey

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Durante cuatro décadas desarrolló una brillante carrera en el sector bancario, pero el rock se cruzó en su camino. Abandonó los números para sumergirse en otra aritmética, la emocional. Hoy, este músico accesible y cabal, explora las vastas llanuras de un género que siempre le cautivó. Un territorio desafiante y complejo, repleto de anhelos románticos, juegos de palabras, firmeza inconformista y reflexiones sobre la vida y la satisfacción personal.

Su adolescencia transcurre en una época de convulsión política. ¿Este marco cambió sus preferencias musicales?

–Más bien me las descubrió. Adorábamos todo aquello que venía más allá de unas fronteras ‘cerradas’, poco a poco entraban en nuestras vidas sonidos que con el tiempo se han hecho clásicos: Led Zeppelin, Stones, Beatles y un sinfín de material, alguno incluso clandestino.

¿La música tuvo un significado mayor para aquella generación que fue llegando tarde a todo?

–Sí, era a la vez un arma y un refugio, una pasión y un oasis. Era nuestro flotador en un río que nos llevaba no sabíamos dónde, pero no nos gustaba, nos mantenía a flote.

¿Cómo nace Still Morris?

–Estaba agotado y necesitaba dar un giro, un cambio inspirado en mis orígenes. Lo medité días pero tomé la decisión en un click, ya no había vuelta atrás.

La vehemencia urgente del rock no casa demasiado con la asepsia emocional de la banca…

–Obviamente son contrapuestos, pero eso me ha dado mucha riqueza. He tomado lo mejor de cada lado y lo he aplicado en el otro. El rock me ha ayudado más en mi carrera profesional que a la inversa.

¿Dónde termina Eloi Pardo y empieza Still Morris?

–En el corto camino que hay entre la cabeza y el corazón, ahí se funden en uno.

¿Le molesta que le llamen el ‘banquero rockero’?

–Me molestaba, he luchado por romper este morbo estúpido si me permites, pero al final la calle manda y hasta me encargaron un libro. Ahora, la verdad, me da igual, mi música está ahí y mi trayectoria profesional también.

¿Con qué no se atreve Eloi y Still Morris dice ‘qué demonios’?

–Hasta hace poco con lo políticamente incorrecto. Ahora ya no hay diferencia. Los dos han construido una persona nueva y el qué demonios lo aplico constantemente siempre que no perjudique a nadie.

‘Quien no es de izquierdas en la juventud, no tiene corazón, y quien no es de derechas en la madurez no tiene cabeza’, ¿lo suscribe?

–Lo de izquierdas y derechas es difuso. Hoy casi todos son de derechas si lo miras con mis ojos. Es cierto que de joven necesitas más revolución que evolución y de adulto se invierte el término, pero es un tema casi más físico.

Rimbaud escribió ‘mi única juventud fue la locura’, dígame: ¿la suya fue tan retadora?

–Ya lo creo, años 70, efervescencia juvenil, el mundo en cambio, protestas, rock and roll, drogas, sexo... qué te voy a contar.

 ¿Por qué en la música se habla tan poco de precariedad laboral y otras desgracias cotidianas y tanto del amor y su ausencia?

–La música influye en nuestro estado emocional, es capaz de cambiarlo o potenciarlo. El amor y el desamor es un tema recurrente porque afecta a todo ser humano de una u otra manera, es fácil escribir sobre él con pocas palabras.

¿La música le sale del estómago o por las neuronas?

–Aunque suene cursi la música nace del alma.

¿Cuál fue la última canción que le salvó la vida?

–Todas las que compongo me provocan una catarsis, es como dejar ir una parte de mi. La música es vida,    así de simple.

Hábleme de su último proyecto, la ópera rock Nord Enllà. ¿Cuál es su proceso creativo?

–Nace en el confinamiento, había que ocupar el tiempo y se me ocurrió la idea de componer un musical, basado en algo ante lo que soy muy sensible, la migración. Para ello busqué la colaboración de un músico de fusión de Barcelona, David Pujade, y juntos nos pusimos a componer y grabar cada uno en su casa.

¿Cuál es la mayor lección que le ha enseñado la vida?

–Que casi todo está en tus manos, depende de ti más de lo que crees.

A la hora de crear, ¿alguna vez siente que debe borrar parte de lo aprendido para recuperar la espontaneidad?

–Musicalmente tengo algo muy valioso, la inocencia y el atrevimiento del que no estudió música como hubiera querido. Conozco buenos músicos que no lo son tanto a la hora de componer y que me dicen que lo hago bien, ya ves... saben demasiado y carecen de esa inocencia casi infantil. Tienen una presión añadida que yo no poseo.

En su libro Cambio de ritmo explica varias anécdotas vitales, ¿con cuál de ellas se queda?

–Con aquellas que no están escritas.