El escritor e investigador Antoni Martí Monterde.

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La nostalgia, tan de moda últimamente, tiende a ser traicionera. Dibuja una imagen de un tiempo pasado que, exagerando el dicho, fue el mejor de los tiempos posibles, y que se pretende emular o recuperar. En el fondo de este tsunami nostálgico está hundido un autor tan importante como Stefan Zweig, a quien algunos denominan como el cronista de inicios del siglo XX. Para rescatarlo, el escritor e investigador Antoni Martí Monterde ha elaborado un salvavidas bajo el título de Stefan Zweig i els suïcidis d’Europa (Lleonard Muntaner), que le ha valido el premio Serra d’Or 2021 de ensayo. Martí invita a una relectura del total de su obra, y no solo de lo que nos conviene para perpetuar el sentimiento nostálgico de un autor «al que admiro profundamente» y por esa misma razón procura «hacerle justicia».

La relación de Martí y Zweig comenzó de la única manera en que podía hacerlo: con café. «Yo descubro que soy un hombre de café en la ciudad más grande de Europa que simplemente está equivocada geográficamente», cuenta Martí para referirse a Buenos Aires. Es allí donde «tuve la primera experiencia con un auténtico café europeo, pero por alguna razón fue al otro lado del Atlántico».

Tertulia

La importancia del café no es baladí. En la primera mitad del siglo XX, la tertulia de café era un habitual y «toda una generación de escritores se formó literariamente en un café», como es el caso de Zweig. «Él es uno de los grandes hombres de café del cambio de siglo» porque estos espacios lo eran todo. «Eran academia, eran redacción de periódico, eran un mundo de círculos concéntricos de escritores y Zweig explica que toda la obra de esa época solo puede entenderse así».

Así nace, pues, una relación que, por la admiración, implicó una lectura de toda la obra de Zweig y fue cuando saltaron las sorpresas. «En El mundo de ayer Zweig vende una idea de sí mismo como pacifista y asegura que supo mantener la cordura al inicio de la Primera Guerra Mundial, pero te das cuenta de que miente al leer otros textos suyos de esa época en la prensa que son totalmente beligerantes, germánicos, etcétera».

Lo extraño era que toda esa otra cara de Zweig no aparecía en los textos editados en español y catalán, a diferencia de los franceses y alemanes. «Los diarios, que son tremendos, tuve que leerlos en francés porque no había manera de encontrarlos». Todo, según Martí, se debía a que «la nostalgia vende, y había que hacer olvidadiza esa parte, mientras que la melancolía, que es la textura más importante de la literatura de Zweig, no es comercial».

Exitoso

Y sí, podemos hablar de Zweig como un autor comercialmente exitoso que ha experimentado varios booms editoriales a lo largo de los años y que actualmente está en uno, como demuestra el ejemplo que Martí expone de que «hasta en los aeropuertos venden sus novelas y te hace ver el éxito que Quaderns Crema y Acantilado han logrado».

Frente a esta fotografía edulcorada del autor vienés, Stefan Zweig i els suïcidis d’Europa propone «la invitación de leer toda su obra completa porque si solo nos quedamos con la nostalgia reconstruiremos el recuerdo de la felicidad, pero no nos preguntaremos el sentido verdadero o falso de esta». Es por esta razón que «si nos gusta un autor, si verdaderamente nos interesa, hay que leerlo completamente, porque la realidad está llena de contradicciones». Y él mismo confiesa que «aunque me cabreé mucho con él cuando leí esos artículos suyos, también me di cuenta, tras respirar, de que había una pregunta que merecía una respuesta a la altura y de que la lectura y el placer de la misma no disminuía, sino que era más profunda y enriquecedora».

Se trata, pues, de una manera no solo de hacer justicia, sino de entender a la persona detrás de los textos y hechos. «Su suicidio fue en 1942, ¿pero cuándo comienza? ¿Cuando le queman los libros los nazis? ¿Cuando no está a la altura con esos artículos y se ve obligado a borrarlos y hacerlos olvidadizos con otras obras como El mundo de ayer? Yo creo que Zweig arrastra su suicidio durante décadas porque él mismo es la tragedia europea personificada». Y, además, «hasta aquellos en el lado incorrecto de la historia tienen cosas interesantes que decir».

Por otra parte, Martí expresa su agradecimiento a Lleonard Muntaner por la «valentía» de publicar «un libro que revisa la banalización comercial del autor, que es algo muy arriesgado». A su vez, les reconoce saber ver «la necesidad de este libro, que es muy duro y severo, lo reconozco, pero esta severidad parte de la admiración absoluta por su obra, y por ello hay que leerla entera, para entender su complejidad y entender que no se pueden censurar sus textos, como sí han hecho Acantilado o Quaderns Crema».

Y como un verdadero amigo de la obra de Zweig, Martí propone lo que es mejor para ella, no lo que rinda mejores números comerciales, y lo hace con la tranquilidad de quien sabe que tras la tormenta, si es que la hay, él y Zweig volverán a reencontrarse en la seguridad de un café, porque al igual que con sus textos, «mientras siga existiendo la idea de ir a un café a hablar de las cosas importantes, Europa existirá».