La cineasta Irene Moray se pasó or CaixaForum para charlar sobre su trayectoria. | T. Ayuga

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Cuando la cineasta catalana Irene Moray (Barcelona, 1992) vio su cortometraje Suc de síndria en la pantalla de la Berlinale no se lo podía creer. Ella, que había vivido varios años en Berlín, ciudad «donde me hice adulta», como explica ella misma, y donde se formó como fotógrafa, por fin veía uno de sus sueños cumplirse ya que, además, es una grandísima fan del festival. Pero eso era solo el principio. En 2020 se alzó con el Goya a mejor cortometraje por ese mismo filme y ahora trabaja en un largo en la Academia del Cine junto a Jan Mateu y su admirada Irene Solà, autora de Canto jo i la muntanya balla. Con tantas cosas entre manos, Moray sacó tiempo para estar ayer en CaixaForum Palma y charlar sobre su «trayectoria poco convencional».

Y es que Moray se formó a si misma como fotógrafa en sus años germanos y, después, como directora. Ella misma lo explica así: «La experiencia me la ha dado rodar y estoy contenta con la libertad que me ha dado aprender sola».

Libertad

Esa misma libertad le hizo ganadora de un Goya por Suc de síndria, un trabajo que ha contado con un reconocimiento enorme y las alabanzas de público y crítica. «No me esperaba que llegara a tanta gente», confiesa Moray quien añade que su máxima proyección había sido «llegar a quienes sí lo vieran, que percibieran su amor y su luz».

Los 22 minutos de duración que tiene el corto son puro amor y pura verdad de una realizadora que expresó «la forma en la que me gusta relacionarme con mis parejas, mis amigos, etcétera», pero a través de una pareja, formada por los actores Elena Martín y Max Grosse, que tienen cada uno un trauma que superar.

A través del respeto que se tienen, Moray construye «la forma en la que me gusta tratar y ser tratada, sin obviar el dolor de los abusos, pero mostrando cómo sería el mundo si nos esforzáramos en ser la mejor versión de nosotros mismos y nos permitiéramos ser compasivos».

El corto, efectivamente, trata el tema de la sanación tras una agresión sexual, pero «usar el abuso para mostrarlo, revictimizar a la víctima o demonizar al agresor», porque, en el fondo, «las personas que cometen agresiones pueden ser amigos o familiares, gente que conocemos. No es que sean malas personas, sino que vivimos en un sistema que avala esto», al igual que «las mujeres que lo han vivido son nuestras amigas y familiares y siguen con su vida, pueden reír y se permiten vivir algo más que ese dolor».

Por esta sensibilidad mostrada, y otras muchas razones, algunos calificaron Suc de síndria como uno de los cortos más necesarios de su año, 2019, que fue uno de los más prolíferos en este tipo de agresiones.

Moray, por otro lado, no oculta su «carácter perfeccionista» que la convierte en una «control freak» a la que le sale la fotógrafa que lleva dentro al dirigir: «Me vuelvo loca con la luz y el color», y le costó renunciar a algunas cosas, pero su montadora, Ana Plaff (Estiu de 1993) supo ganársela.

Ahora, en pleno 2021, los proyectos se acumulan en su mesa y no oculta que «ganar el Goya ha impulsado mi carrera y me ha permitido cambiar de profesión y ser guionista, directora, etcétera. Ya no soy fotógrafa». Algo que le «emociona porque no me lo podía imaginar», aunque reconoce que lo ve «algo terrible porque hay mucha gente talentosa que no ha ganado un Goya».

En esa nube en la que se ha instalado permanecerá durante varios meses, por lo menos, Moray quien recientemente ha colaborado con Leticia Dolera en la serie Vida perfecta, donde ha tenido un papel como actriz además de ser realizadora, o el reciente videoclip de Rigoberta Bandini –nombre artístico de Paula Ribó–, Perra, dirigido también por Moray.